Ana Karen, de 9 años, me acaba de contar un sueño que tuvo anoche. No me siento capaz de reproducir el dramatismo con que me lo contó pero lo voy a intentar:
-Soñé, papá, que íbamos a otra ciudad, y encontrábamos un lugar donde nos daban alojamiento. Pero sólo el lugar para dormir. Todo lo demás teníamos que conseguirlo nosotros.
-¿Comprábamos la comida?
-No, porque sólo teníamos unos papelitos.
-¿Billetes?
-No. Papelitos de colores. Teníamos que hacer todo plegando papelitos de colores: pizzas de papelito, hot cakes de papelitos, espagueti de papelitos. Hasta los platos y los cubiertos los teníamos que hacer de papelitos.
-¿Éramos pobres?
-Éramos ricos en papelitos. Pero sí, pasábamos hambre.
Ideas, cuentos breves, pseudopoesía, diálogos de la vida real, preguntas. Todo calientito y listo para llevar.
domingo, 24 de mayo de 2015
martes, 28 de abril de 2015
Brecha generacional, revisitada
Esta mañana estaba con Pablo, de 15 años, acompañándolo en su inscripción al Concurso de Ingreso al Bachillerato, cuando pasamos por una puerta muy curiosa (pequeña, sombría, y llevaba a un tunel largo igualmente oscuro) y me acordé de una puerta labrada en madera con motivos que me parecían misteriosos, por la que pasaba a veces al salir de la primaria (estamos hablando de finales de los años setenta). Pablo me preguntó "¿¨Por qué no le tomaste una foto a esa puerta misteriosa de tu infancia?"
Ante mi mirada ligeramente mordaz, se tardó sólo 2 minutos en darse cuenta de que en esa época no teníamos cámaras en el bolsillo. Ni teléfonos. Ni localización por GPS. Me entretuve un poco en platicarle el asunto de los rollos de 24 fotos que luego había que mandar a revelar y esperar días para obtener las fotos. Le pareció muy extraño que en esa época hubiera quien tomara fotos, porque le pareció demasiado trabajo.
Ante mi mirada ligeramente mordaz, se tardó sólo 2 minutos en darse cuenta de que en esa época no teníamos cámaras en el bolsillo. Ni teléfonos. Ni localización por GPS. Me entretuve un poco en platicarle el asunto de los rollos de 24 fotos que luego había que mandar a revelar y esperar días para obtener las fotos. Le pareció muy extraño que en esa época hubiera quien tomara fotos, porque le pareció demasiado trabajo.
domingo, 19 de abril de 2015
Círculos dentro de círculos
Me preguntaste la dirección de mi blog, y te di dos. La de éste y la de el otro que sobrevive. Tienen cierta redundancia, y no me decido a cuál de los dos escribir, y por eso los dos siguen. Pero hace un buen rato que no me metía a ninguno de los dos. Así que cuando me preguntaste, me abriste la puerta.
Acabo de mirar algunas entradas por encimita. No pude dejar de leer la de Círculos. Y me gustó tanto leerme a mí mismo, que nuevamente me prometo volver a escribir aquí (o en el otro blog), porque sé que me dará muchísimo gusto leerme dentro de 10, 15 años, cuando el mundo sea otro.
Pero el tiempo es un bien tan escaso...
jueves, 14 de marzo de 2013
Historias de familia
Desde que era muy pequeño, mi sobrino Juan Pablo ha sido un excelente interlocutor cuando me da por contar historias. En estos días, él ha estado muy interesado en que le cuente la historia de su mamá y de los hermanos de su mamá. Yo, como fiel cronista, procuro contarle las historias de familia con total apego a la realidad. Pongo aquí algunas de las que le he contado recientemente, para no olvidarlas y poderlas volver a contar con máxima verosimilitud :)
Historia de Andrés (el tío cuenta cuentos de Juan Pablo)
La abuelita estaba muy ilusionada porque iba a tener a su primer hijo. El embarazo fue muy feliz y sin problemas. Al nacer el pequeñito era precioso, el más hermoso bebé. Todos lo quisieron mucho y fue creciendo.
Historia de Carmen (una tía de Juan Pablo)
El embarazo en esta ocasión fue muy curioso, porque la panza creció muchísimo y el o la bebé no parecía moverse mucho (en esas épocas, sin ultrasonido, no se sabía con certeza si se tendría un niño o una niña). El médico, en una de las últimas revisiones, comentó:
-Señora, pienso que no es niño
-¿Entonces niña, doctor?
-No. Por el tamaño y la quietud, calculo que es un oso hibernando.
Unos meses después nació esta niña, muy bonita pero muy dormida. Las nalgadas de los doctores no lograron despertarla. Cinco días después aún no había abierto los ojos. Entonces, su mamá la llevó con un médico brujo que tras examinarla dijo que lo único que podría despertarla sería darle una mordida a un ajo. Le acercaron el ajo a la boquita y tras probarlo, la niña dijo su primera frase: ¡ah jijos! al mismo tiempo que abría los ojos y los dejaba muy abiertos, y las cejas levantadas. Con el paso del tiempo, su mamá vio que para dormir a Carmen bastaba darle a probar una manzana, y para despertarla, un ajo. Un día un caballero de nombre Walt vino a la casa y compró los derechos de la historia, cimentando el abundante fondo económico de los Sánchez. Tras hacerle unos pequeños ajustes, don Walt llevó la historia al cine animado.
Historia de Paty (otra tía de Juan Pablo)
Tong Po era un luchador de sumo que pesaba 237 kilos y medio. Ningún otro luchador se atrevía a ponerse con él, porque siempre perdían. Pero un día, cuando el animador de las luchas de los sábados preguntó ¿quién se atreve a luchar contra Tong Po? un pequeñisimo luchador, como de 50 cm de altura, con una máscara roja dijo que se animaría. El pequeño enfrentó a Tong Po y le ganó en 15 segundos, mostrando gran maestría para el salvajismo y los arañazos. Al quitarse la máscara todos pudieron ver que en realidad era una pequeña niña como de dos años de edad que se había criado cuidándose sola por las calles más feas de la Ciudad de México. Entonces la abuelita, que siempre iba a las luchas y se sentaba en la primera fila, comentó que no era justo que esa niña viviera sola, de modo que la adoptó inmediatamente. Los demás miembros de la familia no se atrevieron a oponerse, sobre todo al ver los ojos que les puso la niña de la mascarita roja, que desde entonces tomó el pseudónimo, al participar en las luchas, de "La tía Papa".
Historia de Chiqui (la mamá de Juan Pablo)
Otro día que la familia salía de las luchas, tras ver ganar como siempre a La tía Papa, decidieron ir a comer unos tacos. Mientras le ponían limón al bistec, les pareció escuchar un leve chapoteo, y cuando se fijaron, en la salsera de la salsa verde había una niña, pequeñíiita, pequeñiiita, que tenía la mísma altura que un lápiz a medio usar.
-¿Cómo te llamas, pequeñita?
-Chiquis
-¿Tienes papás?
-No
-¿Quieres irte a vivir con nosotros?
-Sí
-¿Quieres cenar algo?
-Sí
-¿Qué se te antoja?
-Salsa verde
Y así fue. La niñita sólo comía salsa verde. Hasta que un día probó el café y le gustó. Sólo entonces comenzó a aumentar de estatura.
Historia de Pedro (el tío joven de Juan Pablo)
Una noche oscura y lluviosa, la abuelita se asomó a la ventana porque le pareció escuchar ruidos extraños. Ahí, vio una nave espacial que se movía por el patio y se detuvo muy cerca de donde ella estaba. Flotando, un ser del espacio con unos ojos más grandes que mi mano y de color totalmente verde le dijo a la abuelita:
-Myxlyplyx, parlia parlia cronopio-cronopio.
-No te entiendo
-(ajustando un aparato que después se supo que era traductor) Ya está. ¿Me entiendes ahora?
-Sí ¿quién eres?
-Myxlyplyx Parlia-Parlia. De los Parlia de Eta Casiopea B, no de los de Proxima Centauri.
-Ah. Eh... ¿qué vienes a hacer?
-Vengo a pedirte que des asilo por unos años al pequeño Perylix Pllix Parlia-Parlia, mi hijo. Estamos en guerra contra Aldebarán y temo por su vida. Si me lo cuidas y lo proteges unos años, yo te recompensaré.
-No necesito recompensa por cuidar a un bebé. Dámelo, yo te lo cuido.
Entonces el ser del espacio sacó un bulto pequeño de la nave, un bebé igualito a él. Con los ojotes y el color verde. A la abuelita le preocupó lo que iban a decir las mamás de otros niños cuando lo vieran, pero eso se resolvió porque descubrió que al niño le gustaba el queso, y mientras más queso comía, mas humano se veía. En unos cuantos días lo pudo llevar al kinder porque ya se veía totalmente humano. Sin embargo, todos sabemos que algún día su padre volverá por él y le dará de comer unos Parliamomos que lo volverán a convertir en un ojón verde, y se lo llevará al infinito y más allá.
domingo, 9 de diciembre de 2012
Nueva visita a El cuaderno de John y Paul
Hace varios años escribí el cuento en que mi imaginario tataranieto me llevaba, en su máquina del tiempo, a visitar a John Lennon y Paul McCartney cuando eran muchachos, a un pasado alternativo en que la tía Mimí de John no perdía el cuaderno de apuntes de ambos. Ese cuaderno de apuntes me obsesiona, pues al parecer, contenía canciones que nunca se grabaron, de los primeros tiempos de los Beatles y la tía lo tira, lo regala, lo traspapela o algo porque no le da importancia. Siempre me he preguntado qué podríamos haber oído si ese cuaderno no se hubiera perdido, o qué pasaría si encontráramos una manera de recuperarlo. El cuento es una de las improbables posibilidades.
Ayer, Pablo, de 12 años y buen fan de los Beatles se acordó del asunto del cuaderno y la tía Mimí, y me dijo lo que yo debo haber dicho muchas veces "si tuviéramos una máquina del tiempo..." Pero luego, encontró otra línea de pensamiento, que yo en tantos años nunca había considerado: "otra opción sería estimular al máximo la memoria de Paul McCartney y recuperar cada detalle del cuaderno desde ahí". Y yo me quedé mudo de asombro de que ese muchachito hubiera dado con esa otra idea.
El futuro es de los jóvenes, no cabe duda. Ojalá hubiera modo de que Sir Paul se embarcara en esta idea.
El cuaderno de John y Paul
Este cuento ya lo había yo puesto en wordpress en junio 3 de 2009.
Pero... tengo una razón para relanzarlo.Mi siguiente post explicará cuál es.
Mi tataranieto Escalopendra 2.0 holgazaneaba en el sofá de la sala. Ya conozco sus ritmos, así que sabía que estaba por soltarme una bomba para que me activara. Pero no pensé que sería algo tan grande.
Pero... tengo una razón para relanzarlo.Mi siguiente post explicará cuál es.
Mi tataranieto Escalopendra 2.0 holgazaneaba en el sofá de la sala. Ya conozco sus ritmos, así que sabía que estaba por soltarme una bomba para que me activara. Pero no pensé que sería algo tan grande.
-¿Sabes, Tátara? - me dijo - una cosa bonita son las ucronías ¿no crees?
- Hum. Por el título no la conozco, pero si me la tarareas...
- No es gracioso - dijo, y se calló. Me cuesta mucho trabajo entender los modos de finales del siglo XXIII. A veces son más expresivos, y a veces son más parcos. De todos modos, siempre me alegra cuando él viene al siglo XXI. Aunque sea a callarse y poner caras desde el sofá.
Intentó por otro ángulo:
- Qué regada, la de la tía Mimí, de John Lennon ¿no?
-¿Eh? ¿Cuál fue la regada? ¿Criarlo como un hijo? ¿Dejarlo ser creativo?
- No, no. Esa cosa de que tiró a la basura un cuadernito que tenía más de 100 canciones escritas por John y Paul, porque lo vio muy feo y roto. Canciones que ellos luego no pudieron recordar.
- Claro. Siempre me he preguntado... ¡diablo! me estás haciendo caer en tu juego. Ya una vez trajiste tu supercomputadora de bolsillo para presumirme que se podía simular un producto de un pasado alternativo, siempre y cuando se le dieran suficientes parámetros. Fue divertido. Y también se refería a los Beatles, así que no me estás planteando nada nuevo.
- Lo recuerdo. Y me alegra muchísimo que en esa ocasión no hayas dicho algo como ¿qué hubiera pasado si Hitler ganaba? ¿Qué si el Imperio Romano no se desmoronaba? ¿y si el antepasado de los mamíferos se ahogaba en una charca oscura? esas preguntas siempre me aburren. Son las que todos se hacen. Y me hacen, en mi calidad de único custodio de La máquina del tiempo en el siglo XXIII. Y... bueno. No pensaba traer hoy mi computadora, ni simular un producto. Pensaba en hacer una -aquí paladeó lenta y golosamente la palabra- ucronía.
- Rediablo. Está bien. Me rindo ¿qué es una ucronía?
Feliz, me explicó algo que seguro tenía pensado desde hacía más de una hora:
- Pues es un término que primero se aplicó sólo a la especulació literaria sobre los ¿qué hubiera pasado si...?; pero tras la invención de La máquina del tiempo se decidió llamar de ese modo a los desplazamientos a universos alternativos. ¿Sí te he contado que sólo considerándolos es posible viajar en el tiempo sin una máquina enclavada en el pasado?
- Eh... ya te dije que soy psicólogo. No creo lograr entender eso. Pero a ver, el otro tema sí que me interesa. Según yo, creo que me estás diciendo que me dejarías subir a tu máquina del tiempo y que nos desplazáramos a un universo alternativo en el que la tía Mimí no rompiera el cuadernito de canciones de John y Paul.
-Cree y acertarás.
-¿En serio me llevarías?
-Clarión.
-¡Querido tataranieto!
-No nos pongamos emotivos. Busca una chamarra de cuero negro, una camiseta blanca y unos jeans. Nos vamos ya, o no llego a la policena que tengo esta noche en casa.
-Listos.
-Vámonos.
Le quitó una pequeña carátula al horrible anillo que siempre usa, y por primera vez, ví como funcionaba el asunto. Sin carátula, del anillo salió una luz que en vez de viajar en línea recta se tejió en una especie de campana alrededor de Escalopendra. Él me urgió a que me metiera en el haz de luz, y cuando lo hice sentí un jalón de pies. Parecido al sobresalto que a veces se siente cuando uno está a punto de dormirse.
-Se siente como cuando sueñas que te caes. ¿No será que en sueños...?
-Nada de metafísica. Esto es ciencia pura, abuelete.
-Bueno, nomás era por hacer conversación en lo que llegamos.
-¿Te figuras que esto es un viaje a Cuernavaca por la carretera vieja? Ya estamos.
-¿En dónde?
-Liverpool, Inglaterra, mediados de los años sesenta del siglo XX. Universo alternativo en que todo es igualito, justo hasta antes de que la tía Mimí tirara el cuadernito a la basura (en nuestro universo). Los cambios, es decir, la disociación de este universo, empezaron a partir de que aquí ella decidió no tirarlo, sino guardárselo a los muchachos y devolvérselos cuando regresaran de Alemania.
-Bueno, maravilla. Dios salve a la reina y todo eso. ¿Vamos a La Caverna? ¿o ya son demasiado famosos?
-Averigüemos.
Caminamos hasta el Cavern Club, y al llegar, nos dimos cuenta de que ahí estaban los Beatles. Había una gran cantidad de adolescentes en la puerta, tratando de entrar. Emocionado, Escalopendra inventó un truco para que pasáramos (le encantan los Beatles. Creo que se debe a mis genes). Mostró una insignia y dijo que era del grupo de Brian Epstein. Pronto, él y yo estábamos en lugares preferenciales. John inició una canción:
- You're gonna miss that friend
-(Yes, yes you're gonna miss a friend)
-You're gonna miiiiss that frieend
Every time
you see the people
again.
Algo estaba mal. Terriblemente mal. Algo muy equivocado. En la batería estaba un desconocido (no, no era Stuart. Era un Auténtico Desconocido). ¡Paul en el requinto y George en el bajo! La canción que tocaron, alegre pero no más, terminó y atacaron otra. Ahora era Paul el que cantaba:
-Scrambled eggs
all my troubles seem so faar away
now I look at ham and rice again
oh I'm in need of holydays
-¡Dios mío, Escalopendra!
-Todo tuyo, Lazarus. Rayos, no tenemos nada qué hacer aquí. Este grupúsculo es famoso a nivel local, y las letras de sus canciones apestan. Mejor nos hubiéramos ido a ver a los Monkeys.
-No, no exageres.
-Tienes razón. Pero de todos modos, estos Beatles son muy malos. Y ese baterista se luce demasiado.
Al regresar, bastante decepcionados, a nuestro venturoso universo, nos tomamos un chocolate caliente (para el susto), y desarrollamos, poco a poco, una teoría: que en el cuadernito que tiró esa santa mujer, esa dama entre las damas, Mimí, había versiones chafas de muchas canciones. Al tirarlo, obligó a su sobrino y al otro muchachito a que se olvidaran de la música o las reescribieran. Y, al parecer, las reescribieron y en esa segunda vuelta la cosa fue mejor. Pero en la ucronía que visitamos, se conformaron con la primera versión, con lo primero que se les ocurrió, y como tuvieron un éxito moderado, no buscaron ser más, no alcanzaron todo su potencial, porque no lo necesitaron.
-¿Sabes, Escalopendra? Creo que esto nos demuestra que lo que sucede está bien, que aunque nos parezca malo de momento, todo tiene un sentido.
-Amén, Brother - Contestó mi irreverente tataranieto, antes de irse a su policena en el siglo XXIII.
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