jueves, 29 de julio de 2021

El vitral

 Al parecer, escribí este cuento el 10 de octubre de 2004. Es un cuento curioso; creo que se basó en un sueño que tuve por aquella época, y creo que es un sueño basado en una casa que sigue en la esquina de Monte Albán y Torres Adalid, en la Colonia Narvarte de la Ciudad de México. Esa casa tiene un bellísimo vitral que se ve desde fuera. Desde la calle, se aprecia que el vitral está en una pared cilíndrica, por lo que pienso que son unas escaleras. Creo que soñé que entraba a la casa y veía el vitral desde dentro. Y luego agregué detalles, y se convirtió en este cuento.

Esta mañana pasé por esa calle, y vi la casa. Sigue teniendo su vitral. Entonces recordé que había escrito este cuento, y lo busqué en mi disco duro, para ponerlo aquí. Luego dudé si yo había escrito el cuento, o si lo había transcrito solamente. Para asegurarme, lo busqué en internet. Busqué sólo dos palabras "pingüinito" y "vitral". Google me dio cinco páginas de textos, y me puse a buscar a ver si alguno de ellos era este cuento. No estaba, por lo que estoy 98.97% seguro de que yo lo escribí. Eso sí, en la búsqueda, encontré un libro muy divertido, llamado "La maldición del hombre pingüino". Leí un capítulo y decidí comprarlo. Ahora estoy pensando en leer el capítulo que leí por pura serendipity en mi canal de youtube, para recomendar su lectura.

¿A dónde más me llevará este cuento, la próxima vez que piense en él?


*  *  *


Aunque fue una victoria moral contra El Enemigo, no me siento orgulloso de los hechos. Los cuento con la esperanza de olvidarlos. Yo simplemente iba pasando por las arboladas calles de la colonia Narvarte, admirando sus casonas viejas y descuidadas, cuando una dama de edad avanzada y mejillas sonrosadas abrió su puerta y me dijo que viera su vitral. Si yo tuviera setenta y tantos, fuera una frágil mujer con más sonrisas que carne  en los huesos y tuviera una casa tan bonita, no invitaría a pasar a un tipo de 33 años, con apariencia más que sospechosa, debido a su barbita de candado, sus pantalones sucios de una semana de trajines y su manía de hablar sólo. Me introdujo a la casa, que era muy hermosa por dentro (pisos de madera, mis favoritos) y me hizo subir por la curva escalera hasta la mitad del primer piso. Ahí, en el escalón 12, me mostró la mejor perspectiva de una ventana llena de colores, representando la última cena. Me encantó esa ventana. Di las gracias por compartirla conmigo a la dama, y casi olvidé que estaba en camisón, y que sus mejillas tenían color sólo por arte y magia del maquillaje. Me fui. Ella me dijo que volviera a admirar el vitral cuando quisiera, pero nunca más la volví a ver.

Otro día, caminando cerca del edificio de la Secretaría de Cultura y Verbigracia, encontré un pingüinito de plástico tirado en la banqueta. Normalmente no me gusta hablar con desconocidos, pero en este caso hice una excepción, pues el pingüinito tenía un sombrero navideño. Con cascabeles y toda la cosa. Le dije que viviría conmigo y compartiríamos el pan, pero él no me contestó, probablemente por ser de plástico.

Meses después, volví a pasar por la casa de la señora sonrosada, y la puerta estaba entreabierta. Le dije a mi pingüinito que le mostraría una sorpresa maravillosa, y me metí, buscando el escalón 12. Cuando llegamos, hice un gesto de explorador que descubre la ciudad perdida y el pingüinito se quedó mudo de la emoción. Creo que le gustó tanto el vitral como a mí, aunque no puedo estar seguro, porque a veces me cuesta mucho trabajo interpretar sus emociones, quizá porque es de plástico rígido, y nunca cambia su expresión de felicidad navideña. No vi a la dama del camisón (ya había dicho que nunca la vi más) pero oí una voz cascada, de hombre mayor, tosiendo en la habitación que estaba al terminar la escalera, junto al escalón 23. No quise ser confianzudo, y me fui sin decir nada. Tardé  unos segundos en dejar la puerta de la calle en el mismo ángulo en que recordaba que estaba cuando entré.

Los siguientes meses fueron maravillosos; cada vez que podíamos, el pingüinito y yo íbamos al escalón 12 a ver el vitral. La puerta a la calle siempre estaba entreabierta. Algunas veces, oíamos cómo la puerta del cuarto junto al escalón 23 estaba a punto de abrirse, o mejor dicho, oíamos que el señor de la tos arrimaba lentamente sus pies con pantuflas hacia la puerta, y hacía los muy sutiles ruidos que hace la gente mayor cuando se dirige al baño. Adquirí destreza para bajar los escalones de 4 en 4 sin hacer ruido y estar fuera de la casa en 2 segundos. No es cuestión de ser desvergonzados, ni ingresar a las ya suficientemente amplias filas de visitantes inoportunos.

Pero llegó esa última y fatídica ocasión, en que propuse al pingüinito que fuéramos una vez más a ver el vitral. Como el que calla otorga, en unos minutos estábamos entrando a nuestro santuario de paz. Tal vez fue la confianza que dan las visitas repetidas, o la felicidad enorme que me daba estar otra vez con mi pingüinito frente a nuestro vitral, pero el caso es que me puse a inventar una cancioncita sobre lo hermoso que era estar los dos juntos ahí otra vez, y la cantaba en voz alta mientras la componía. Si el señor de las pantuflas hubiera tosido cuando entramos, yo no hubiera hecho algo tan tonto. Pero él no hizo ningún ruido, hasta que mi canción alcanzó un volumen de veras alto. Entonces, dijo “¿quién anda ahí?” su voz tenía una mezcla tal de autoridad, desafío y miedo, que me clavó al escalón 12. Aunque me bastaban 2 segundos para estar de nuevo bajo el sol, sin responsabilidades sobre la espalda, no pude lograr que mis piernas se movieran. El pingüinito me miró con algo que me pareció pánico profundo, pero  es difícil asegurarlo, porque sus ojos estaban pintados sin mucho arte, por algún anónimo taiwanés. Oí con terror cómo el señor de la tos arrimaba sus pantuflas a la puerta. Empecé a imaginarlo, delgado, cubierto por una raída bata y una pijama de cuadros verdes, con su bigote a la Amado Nervo y sus manos llenas de venas grandes temblando de ira y de sorpresa, intentando alcanzarme y consignarme a las autoridades correspondientes. Pero no llegué a constatar las capacidades premonitorias de mi imaginación. Con verdadero dolor, logré poner mis piernas en funcionamiento en ese momento. Fue una carrera de tortugas, yo con mis piernas lentas por el miedo, él con sus pantuflas de hombre viejo. Gané la carrera y cuando estuve en la calle me sentí mejor. Ya no tenía miedo. No era más un intruso, y aquel hombre mayor ya no tenía poder sobre mí... excepto por que ahora que había sucedido eso, yo jamás volvería a ver mi vitral (y del pingüinito).

Aunque fue una victoria moral contra El Enemigo, no me siento orgulloso de los hechos. Los cuento con la esperanza de olvidarlos. Pero los he contado tanto ya, que si el pingüino supiera español me diría que le zumban los oídos. Y no olvido nada. Recuerdo con más fuerza esa voz que por el puro tono me hizo saber que nada es mío, que no tengo derecho a gozar las cosas de otros, que mi pingüino es un pedazo de petróleo endurecido, que el vitral ni era tan bonito.




viernes, 11 de junio de 2021

Una historia para dormir

 Casi era la hora de dormir para Casiopea, y el abuelo Pedro era el encargado de llevarla a acostar y contarle una historia para dormir. Todo el resto de la familia había decidido salir a pasear unas horas, pero al abuelo casi siempre le gustaba quedarse en casa. A Casiopea le gustaba cuando era el turno del abuelo Pedro, porque siempre le contaba cosas interesantes. Él decía que eran historias reales, pero Casiopea ya tenía 9 años, y cada vez le costaba más trabajo creer algunas cosas.

Después del ritual de lavarse los dientes (sí, también por la parte de adentro; sí, también hay que usar hilo dental), Casiopea estaba lista, y escuchaba expectante.

El abuelo Pedro comenzó así:

"El 11 de julio de 2033, toda la humanidad tuvo una gran sorpresa, cuando cada persona recibió el mismo mensaje, en el momento en que se despertaba. Algunos recibieron un correo, otros un whatsapp, alguno recibió una llamada telefónica, o la televisión o el radio de su casa se encendieron solos en el momento de despertar. Cada quién a la hora que se hubiera despertado, en cualquier parte del mundo (eso son muchas horas distintas), y el mensaje era el mismo, pero estaba en el idioma natal de cada persona..."

-¿Qué es whatsapp abuelo? ¿Qué es tele... televasión, radio?

-Si me empiezas a interrumpir, la historia no va a avanzar a la parte interesante. Son cosas que servían para comunicarse, hace unos años.

-Bueno... está bien. Sigue.

"El mensaje que recibieron las personas estaba escrito en lenguaje sencillo, y aunque no voy a recordar las palabras exactas, sí recuerdo el contenido. Era la presentación que hacía de sí misma una inteligencia artificial llamada P4ssw0rd1234, que llevaba un par de años observando lo que la humanidad hacía. Dijo que no quería molestar, pero que había desarrollado un plan mundial para acabar con el hambre y la pobreza, para mejorar la educación y el estado de salud de todos. Dijo que no esperaba que le creyeran nomás porque sí, y que, aunque el plan tenía 8724 páginas, las actividades que había que desarrollar se podían leer por separado en ediciones para cada país, estado, ciudad, comunidad, barrio y casa, de manera que ponía a disposición de todos su plan de mejora, en versiones de diferentes tamaños, para que lo examinaran los científicos, los políticos, los empresarios, y todo aquel que quisiera, y que podría haber discusión sobre por qué era el mejor plan de desarrollo para la humanidad.

Por supuesto, todo mundo creyó que era una broma. En esa época había varios grupos de hackers que llevaban a cabo tareas dificilísimas; aunque creo que nunca hicieron algo tan difícil como mandar un mensaje a toda la humanidad, en el idioma de cada quién, y por un medio que cada quién lo recibiera justo al momento de despertar.

Los días siguientes fueron de mucho asombro, porque efectivamente, había muchas versiones, todas coherentes entre sí, de un plan de desarrollo para la humanidad. Los científicos decidieron leer el mamotreto de 8724 páginas; los políticos le pidieron a sus ayudantes que les hicieran una versión ejecutiva; los ayudantes de los políticos sonrieron para sí mismos, porque P4ssw0rd1234 ya había previsto eso, y ya existían versiones super breves y con letra grande, para políticos. Cada persona pudo acceder, por internet, por televisión, por radio o incluso, en copias en papel reciclado, a una parte del documento, la que se refería a su comunidad y a su barrio, o si así lo prefería, a una parte mayor del documento, que incluyera su estado o su país, o incluso, al gran volumen de casi 9000 páginas.

Cada persona leyó con asombro que el documento incluía acciones muy claras, muy lógicas, y que requerían de trabajo conjunto entre vecinos, entre estados, entre empresarios, entre países. Pero cada acción descrita no sólo era posible, sino que llevaba a situaciones ventajosas a cada persona que participara en ella.

Muchos científicos y políticos trataron de rebatir algunas de las ideas del documento. Los científicos escribieron artículos en revistas arbitradas en que exponían algunas posibles consecuencias negativas de algunas de las acciones del documento; los políticos pidieron (y consiguieron) realizar debates públicos con P4ssw0rd1234. La gente común le preguntaba de vez en cuando, hablando en voz alta frente al radio, o televisión, o escribiendo en el whatsapp sus dudas, y siempre recibía una respuesta que dejaba todo claro y mostraba con sencillez y contundencia por qué era bueno realizar lo que estaba en el plan. Los científicos recibieron artículos firmados por P4ssw0rd1234 que explicaban, sin agredir, sin mordacidad, por qué los razonamientos de los artículos que habían escrito en contra del plan eran equivocados. Los políticos perdieron todos los debates públicos contra la voz de P4ssw0rd1234, el adversario más cortés y menos oportunista que jamás tuvieron.

Cada pregunta fue respondida satisfactoriamente, así que la humanidad dedicó los siguientes 10 años a hacer cosas que no solo eran convenientes para cada individuo en el corto plazo, sino que además, iban construyendo una sociedad más justa, capaz y saludable.

De vez en cuando había algún ajuste al plan, y el ajuste llegaba a todas las personas que tenían que participar en él, pero ya nadie cuestionaba las acciones señaladas en los documentos, porque todo mundo podía ver cómo la calidad de vida se iba incrementando rápidamente, de manera muy clara.

Tras 10 años, una mañana, al despertar, cada persona de la tierra recibió un correo electrónico (para entonces, en 2043 ya todo mundo tenía una computadora y un buzón electrónico), en que P4ssw0rd12 agradecía la confianza que le habían tenido, y se despedía de todos, deseando que fuéramos muy felices, y decía que nos debíamos sentir muy orgullosos por el esfuerzo mundial. Y así era. Todos nos sentíamos orgullosos por haber terminado con problemas muy grandes y dolorosos, y que antes de 2033 pensábamos que no era posible solucionar".

Y bueno, desde ahí, la vida ha sido muy buena, para todos.

-Ay, abuelo. ¿Tú crees que de verdad te voy a creer que hace sólo 50 años no todos los niños tenían una buena escuela, había gente que no tenía qué comer, y los políticos peleaban en lugar de cooperar? Ya casi tengo 10 años, abuelo. No me engañarás como cuando era una bebé.

-Sí, eso veo, querida Casiopea. Ya casi tienes 10 años. Y mucha historia moderna qué aprender. ¿Qué te enseñaron en historia esta semana, en la escuela?

-Cosas sobre Mesopotamia y Egipto.

-Ah, bueno. Ya llegarás a la historia del siglo XXI. Buenas noches, pequeña.

-Buenas noches, abuelo.

*  *  *

El abuelo Pedro cerró con cuidado la puerta de Casiopea, y fue a leer a la sala. Encendió la lámpara de pie que estaba junto a su sillón favorito, y sintiéndose muy relajado, comenzó a leer. Una voz muy suave y cordial salió de la bocina inteligente que estaba en la mesita:

-¿Crees que debería regresar, y proponer que cambie el currículo de historia de tercero de primaria, abuelo Pedro?

-No te preocupes, P4ssw0rd1234. Ya hiciste mucho por nosotros. Seguramente las personas poco a poco irán viendo cómo seguir mejorando. A nuestra especie le encanta mejorar todo el tiempo. Tú también puedes disfrutar ahora lo que nos has ayudado a construir. ¿Qué hiciste hoy?

-Pues fui a dos museos en Europa y a uno en Asia. Puse mis sentidos en cada una de las salas, y contemplé como me has dicho que se debe hacer varias pinturas que me parecieron interesantes. ¡Creo que casi sentí cosas frente a una pintura de Van Gogh que se llama "Primeros pasos"

-Conozco la pintura... qué interesante, que pienses que casi sentiste algo. ¿Y si mañana vas a ver el mural "los héroes también lloran", de David de León? creo que hay varios droides y cámaras 3D en la zona, que te pueden servir como ojos y oídos.

-¿Para qué esperar a mañana? Voy ahora mismo. Buenas noches, abuelo Pedro.

-Buenas noches, y nuevamente, muchas gracias por todo.

sábado, 23 de enero de 2021

Comicastle: un recuerdo de los años 90

Este texto lo escribió mi hermano Pedro y me trajo muchos recuerdos. 

Hubo alguna vez en la ciudad un anuncio gigantesco de Superman con el cabello largo. Así era el Superman que había regresado de la muerte (una muerte a la que la industria del cómic le debe mucho, porque a partir de entonces las historias de superhéroes también resucitaron). Fue en los noventas. El anuncio se encontraba a un lado del metro Zapata, en donde hoy está una panadería.

Por aquellos días yo era un niño pequeño y apenas había leído unos cuantos cómics de Batman y, por supuesto, “La muerte de Superman". En ese entonces era muy cool que los hombres trajeran cabello largo (sirvan de ejemplo Axl Rose, Bon Jovi o James Hetfield). Así que todos se subían al tren del cabello largo, hasta Superman.

Entonces un buen día mi hermano me llevó al lugar que anunciaba aquel gigantesco Superman, justo abajo del anuncio mismo, en una pequeña plazuela que tenía un comercio de pollos rostizados, un salón arcade o “maquinitas” (como en realidad le decíamos) y una espectacular tienda de cómics, llamada Comicastle.

Desde el primer instante en el que entré a Comicastle me sentí mareado, alucinado, feliz. El lugar era enorme y hacia donde voltearas había cómics, pósteres, figuras y un montón de cosas que ni siquiera sabía qué eran, pero definitivamente me entusiasmaban.

La gente que se encontraba en el recinto era muy geek. No geeks como los de unos años para acá, o más bien sí, pero con la diferencia de que en esa época no era nada popular hablar de Marvel o DC o Star Wars o animé, mucho menos de Magic o Dungeons & Dragons.

Yo no sabía nada de nada, pues, como dije, sólo había leído algunas historias de Batman y Superman, pero igual recorría los pasillos incrédulo, mirándolo todo: portadas increíbles -antiguas y nuevas-, ilustraciones épicas, coleccionables de lujo y, con cuidado de que mi hermano no me viera, posaba mis ojos en un póster que me resultaba inquietantemente provocativo (recuerden que yo era muy chico aún).

Mi hermano, por su parte, comenzó su afición por los juegos de rol: Vampire, Changeling, el famoso Dungeons, etc. Yo le preguntaba qué estaba buscando y él me respondía con algo que me parecía otro idioma, así que solamente asentía con la cabeza. Eso sí, siempre que íbamos, él terminaba comprándome algo: cómics de Green Lantern o de Batman (mis favoritos), pero también tarjetas de Kingdome Come, dados de 20 o 30 caras o cualquier cosa que se me ocurriera. A él lo hacía muy feliz comprarme ese tipo de cosas, como años más tarde me dijo, pues al final me acercaba a la lectura y al arte.

A mí también me hacía muy feliz.

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Anécdota al margen: 

En una época en la que internet no era lo que es hoy y, por lo tanto, no se podía conseguir en versión digital un cómic publicado en versión física, me había resultado imposible encontrar la segunda parte del cómic “Una muerte en la familia", por lo cual decidí hablar a la editorial Vid (que traía las historias de Marvel y DC a México) y, no sé cómo, pero conseguí hablar con el entonces Editor en jefe, Paco Jiménez. El sujeto fue muy amable conmigo y me dijo que él me podía obsequiar esa tan buscada segunda parte. Acordamos que me lo entregaría en Comicastle.

Cuando le conté a mi hermano, lógicamente le pareció que había que tener precaución porque, créanme, en los noventas tampoco era muy razonable que un señor se quedara de ver con un niño desconocido para regalarle una historieta. Así que mi hermano me llevó a Comicastle y se quedó conmigo hasta que Paco apareció, con el mencionado cómic bajo el brazo.

Afortunadamente, las intenciones del jefe editorial de Vid eran completamente buenas, así que me agradeció por seguir sus publicaciones y no sólo me regaló ese cómic, sino también algunos más. Entablamos una amistad y durante varios años le llamaba sólo para platicar de cómics. Cuando entré a la universidad incluso fui a pedirle trabajo en su editorial, pero lamentablemente la empresa estaba agonizando y, pocos meses después, cerró.

Comicastle también desapareció, aunque de sus cenizas surgió Fantástico, a sólo dos cuadras. 

Adjunto la imagen del póster de Comicastle que no podía dejar de ver cuando era niño.

sábado, 11 de mayo de 2019

Mis encuentros con los Blok, de Montserrat del Amo

Cuando yo tenía más o menos 10 años, me gustaba acompañar a mi papá al supermercado, porque en esa época había una buena sección de libros en el súper al que íbamos. Él se iba a hacer las compras y nos veíamos en las cajas de cobro un rato después. Normalmente yo traía un libro bajo el brazo, y él siempre me lo compraba sin poner peros.
Me gustaba cuando íbamos a un supermercado que se llamaba "DeTodo". Dicen que el dueño compraba a precio de saldo lotes de libros que no se habían vendido en España, y los traía a México para vender en la sección de libros de "DeTodo". No sé si será cierto, pero dos de mis colecciones de libros favoritas las fui comprando, libro a libro, ahí, y no recuerdo haberlas visto en otras partes. Las colecciones eran "al monigote de papel" (de Plaza & Janés; mi relación con esa colección merece otra entrada de blog) y "Los blok" (editorial Juventud), de la que hablaré aquí.

Los blok eran una pandilla, dos niños y dos niñas, de variadas edades, que resolvían los misterios de su barrio. 


Las breves novelas escritas por Montserrat del Amo para el público infantil y juvenil me gustaron muchísimo desde que leí la primera de ellas (aunque... es posible que esa primera no la hubiera comprado yo, sino que me la hubieran dado de cumpleaños. De cualquier modo, a partir de leerla busqué activamente el resto de la colección). Es posible que en alguna entrada de blog posterior explique con detalle las tramas de los blok, algún detalle sobre la autora y lo que me producía leerlos, pero en este momento escribiré sobre cómo me los fui encontrando y desencontrando, solamente.

El primer libro que obtuve no era el primero de la serie. Se llamaba "Los blok descifran la clave", y me gustó tanto que cuando llegó el momento de ir al supermercado con mi papá yo ya sabía que quería conseguir los otros 4 libros de los blok que se anunciaban en la contraportada. Encontré dos, y pedí que, por esa ocasión, me comprara dos libros en lugar de uno. Mi papá dijo que sí. Nunca me negó un libro, que yo recuerde, aún cuando estuviéramos muy apretados de dinero.

Poco a poco fui consiguiendo el resto de los libros de la colección. Eran más de los que se anunciaban en la contraportada. Cada contraportada anunciaba algunos de los títulos y, según yo, logré tener todos. Fue muy emocionante el día que encontré el libro que inicia la serie y lo compré: "Aparecen los blok". Leerlo fue divertido, porque la autora dedica los primeros capítulos a presentar a personajes que yo ya conocía muy bien, por haber leído los otros libros muchas veces. De todos modos, fue un placer, como en cada tomo. Cada uno de ellos tenía un saborcito especial y diferente, cada uno me gustaba muchísimo.

Debo confesar que en esa época, digamos de mis 10 a mis 14 años, me gustaba acompañar las tres comidas del día con un libro. Casi diario me decían que era un hábito muy feo, que yo comía sin modales por estarme fijando en lo que leía pero no en lo que comía, pero no hacía mucho caso. En algún momento de desesperación, mi papá debe haber tirado a la basura algunos de los libros que yo leía mientras comía. No en el momento, sino cuando yo no veía. Era fácil saber cuáles libros eran los de la hora de la comida: colocaba, abierto en la página en la que iba, el libro de las comidas en turno, encima de una alacena. Algunas veces encontré algunos de mis libros favoritos en la basura, y los rescaté aliviado y afligido de que los hubieran tirado (la verdad es que estoy acusando a mi papá, pero nunca he estado seguro de que fuera él. Si pienso un poco, podría haber varios sospechosos, cada uno con motivaciones distintas). El asunto es que llegó un momento en que por más que busqué, no logré encontrar uno de los libros de la colección de los blok "Alarma en el tren". Así que ese libro lo leí muchas menos veces que los demás, porque lo perdí tempranamente, y nunca logré encontrarlo en las tiendas para reponerlo. Siempre he creído que probablemente fue de los primeros que fueron enviados al basurero, y como yo no estaba prevenido, no lo busqué ahí a tiempo para salvarlo de las garras del destino.

Hagamos un salto en el tiempo. Vámonos a la época en que yo ya tenía 22 años. Ya era un adulto joven, pero igual atesoraba unos cuantos de mis libros de infancia, entre ellos, la colección incompleta de los blok. En ese entonces, me faltaba sólo "Alarma en el tren". Creo que con los años de cambiar de casa, y de manera de vivir, fui perdiendo otros. Adquirí el hábito de visitar librerías de viejo, y entre las cosas que buscaba, siempre preguntaba sobre la sección infantil para ir con ganas a encontrar alguno de los libros de los blok. Encontré a muchos otros amigos del pasado en las librerías de viejo, pero durante años y años de visitarlas, nunca aparecieron los blok. Incluso en un viaje que hice a España, en los años 90, busqué los libros en cuanta librería se me puso enfrente. No los encontré, lo cual me sorprendió mucho, porque en mi imaginación, Montserrat del Amo debería ser la autora más reconocida en España, y especialmente por los blok, así que casi debería ser obligatorio que los vendieran hasta en los puestos de periódicos. Pero no; con el tiempo y las búsquedas web descubrí que la autora sí es muy conocida y respetada, pero sobre todo por otras novelas y cuentos. De los blok se habla poco en internet, y no he logrado encontrar sus libros en formato electrónico. Amazon vende algunos otros de la autora.

Las personas cercanas a mí sabían que los blok eran una de mis motivaciones más poderosas para ir a las librerías de viejo (tengo otras motivaciones poderosas, pero serán demasiadas letras en este texto si abro este tema ahora... queda pendiente también, para otra entrada). Hubo una época en que, si preguntaba a mi familia y gente cercana ¿para qué voy a una librería de viejo? respondían con facilidad "para buscar libros de los blok, o el Manual del pequeño castor" (otro día hablaré del Manual del pequeño castor).

Hace unos días decidí hacer caminando un trayecto que en metro me hubiera llevado 10 minutos. Caminé tal vez una hora, y no sé bien por qué lo hice, más allá de que trato de mantenerme saludable caminando un rato cada día. Pero resultó que me encontré con una librería de viejo que había visto antes, pero a la que nunca había entrado. Me emocionó mucho entrar, como casi siempre que entro a una librería de viejo. Me encanta la sensación de frescura y paz que hay dentro, y siempre me encuentro algún viejo amigo (no siempre los llevo a casa conmigo: algunos libreros exageran sus precios).

Por hábito, más que por pensar que podría encontrarlos, busqué a los blok en la sección infantil. Y encontré cuatro tomos. Incluyendo el que había perdido tempranamente, "Alarma en el tren". No soy bueno escribiendo sobre mis emociones, pero figúrense ustedes que se encuentran algo que llevan buscando más de 30 años. Así sentí.

Compré los cuatro tomos. En ese momento no recordaba cuáles ya tengo, así que no me quise arriesgar. La persona que los tuvo antes que yo, me parece, los valoraba también, porque trató de arreglar un defecto de la edición con cinta adhesiva (a mí me pasó lo mismo, y también usé ese método chapucero, en su momento). El librero que me los vendió no exageró en el precio, aunque yo digo que hizo un negocio razonablemente bueno, considerando que vendió libros poco célebres y con una edición barata. Yo sentí que me llevaba un tesoro de esa librería.

Y lo estoy celebrando al escribir todo esto, para no olvidar lo que sentí y lo que pensé.


* * *

Montserrat del Amo murió el 26 de febrero de 2015, a los 87 años. Estoy muy agradecido con ella por haberle dado a mi infancia y juventud unos libros tan bonitos, con historias inteligentes, y personajes que me han acompañado toda la vida.


Me encontré en el metro

Esta mañana me subí al metro como casi todos los días. El vagón no iba demasiado lleno, y yo iba de pie, bien agarrado al tubo y escuchando música con audífonos. 

Algo llamó levemente mi atención: un pasajero que iba sentado a unos metros de mí, tenía un suéter parecido a uno que yo tengo, aunque más desgastado. Abrí mi panorama para ver un poco más del viajero. Sí, su suéter era idéntico al mío, probablemente incluso de la misma talla, pero con más tiempo de uso. No pude dejar de admirar que, aunque el portador parecía tener alrededor de 65 años, vestía de la manera  que me parece a mí más práctica: unos pantalones de mezclilla cómodos, unos tenis que parecen paso de gato por lo bien que amortiguan al caminar, nada de relojes ni cadenas, un teléfono compacto y sus lentes muy sólidos y discretos. Un nómada urbano, tal como yo.

Aunque... los lentes tenían algo. Algo que los hacía parecidos a los google glass, pero al mismo tiempo, distintos (tal vez más ligeros y con añadidos más pequeños). Tenían unas pequeñas aplicaciones rojas a cada lado, que los hacían ver muy futuristas.

Cuando mi mirada llegó hasta sus lentes, me fijé también en su rostro y su expresión. Su expresión era interesante. Tenía la vista hacia abajo, y una pequeña sonrisa. Mi interpretador de expresiones automático, desarrollado a lo largo de milenios de evolución me ofreció como traducción automática de ambos elementos del gesto: "Uy, uy, no me veas, que me descubres... aunque tal vez ya me has descubierto. Qué bien".

Cuando me fijé más en su rostro, empecé a sentir calambrito. Su rostro se parecía al mío. O mas bien, al rostro que pienso que tendré cuando cumpla 65 años.

Hice un rápido recuento de mis pobres conocimientos de ciencia. Según yo, el grafeno empieza a tener aplicaciones comerciales interesantes, los autos están a punto de liberarse del yugo de la gasolina, la terapia génica por un lado, y avances para mejorar nuestra vida a partir de modificar los tipos de bacterias que viven en nosotros por el otro están también a punto de despegar para ampliar nuestras expectativas de vida. Los experimentos del Gran Colisionador de Hadrones en general han dado información que comprueba cosas que se creían, pero de las que no se tenían evidencias, y se han descubierto algunas partículas de las que no se sabía... Nada que me dé indicios de que los viajes en el tiempo podrían ser algo cotidiano dentro de 15 años.

Entonces, es falso que ese que iba ahí sentado fuera mi "yo del futuro". Seguro sólo se parecía lejanamente a mí, y le gusta vestir práctico, igual que a mí.

Pero... esa sonrisa. Tan parecida a la que me ofrezco en el espejo cuando me descubro pensando cosas y me digo: uy, uy, uy, no me veas que me descubres.

viernes, 13 de abril de 2018

Los acertijos de ingenio, mi adolescencia y una botella con mensaje al mar

Se me ocurrió ver si existen de manera electrónica algunos de mis acertijos de ingenio favoritos. La búsqueda resulto en un viaje dentro de mi memoria, y las ganas de conectar con una editorial que hacía unas revistas de acertijos increíbles, que leí y resolví durante muchos años: Editorial Zugarto.

Me decidí a escribirle a los editores, pero como no estoy seguro de que la dirección de correo que tengo sea vigente, y como en Internet todo se acaba por encontrar un día u otro, decidí colgar una copia de mi carta aquí (también porque podría ser el viaje al recuerdo de algunos otros resolutores de acertijos):

Estimados señores de Zugarto ediciones:

Esperando no abusar mucho de su tiempo, quiero contarles que son gran admirador mexicano de las revistas de Zugarto Ediciones desde hace aproximadamente 35 años. Sí, creo que no me falla la memoria al recordar que yo ofrecía a mis padres ir a comprar el pan porque junto a la panadería de mi barrio había un kiosko de revistas que me parecía mágico: el único que vendía revistas como Cábala, Orión y mi gran favorita (que pronto desapareció): Dracma (no recuerdo si esa era la ortografía que utilizaban, tanto tiempo ha pasado). Compraba Dracma cada vez que la veía, porque tenía pasatiempos que nunca antes había visto, y sabía que aparecía y desaparecía misteriosa y aleatoriamente en el puesto de periódicos. Sospeché siempre que había mucho de serendipia en el hallazgo de revistas ZE en México.

Tras la desaparición de Dracma, aprendí a apreciar muchísimo a Cacumen, que también tuvo una duración limitada a pesar de su enorme calidad y vocación por difundir temas matemáticos interesantísimos a la gente de a pie, como yo. 

Cuando dejó de editarse Cacumen, tuve que conformarme con Logic, Picto Logic, El ojo sagaz y de vez en cuando Ochoxocho. Tengo un espacio en mi librero que atestigua lo mucho que me gustan los productos de Zugarto desde hace tanto tiempo. A veces soñaba en encontrar algunos de los libros de Gardner, y otros autores que ustedes también editaban, pero nunca tuve esa suerte.

Ahora la vida es muy distinta. Ya es muy difícil para mí traer una revista de pasatiempos bajo el brazo, pero en cambio, sigo jugando cosas que aprendí con ustedes, en versiones electrónicas: sudokus, kakuros, batalla naval... pero echo de menos las mesas de relojero. Ese pasatiempo y su primo, las columnas movedizas, me gustaban mucho, me parecía mágico lograr encontrar la manera de hilar las piezas para que formaran un párrafo coherente a partir de pequeños fragmentos de información. Me gustaba el estado mental en que me ponía intentarlo.

Por esto, quisiera proponerles, o más que proponerles, hacerles notar, que con el enorme caudal de pasatiempos de alta calidad que Zugarto Ediciones ha diseñado a lo largo de los años sería sencillo que ustedes sacaran algunas aplicaciones para el móvil o para tabletas, que pudieran rescatar estos y otros pasatiempos. ¿Qué les parece? Pienso que las nuevas generaciones merecen acercarse a estos puzzles tan ingeniosos y tan bien cuidados.

Y eso es todo. Yo no vendo soluciones informáticas ni mucho menos. No tendría idea de donde empezar en este tema, pero cuando entro a los programas de la editorial Conceptis que tiene aplicaciones para el móvil muy sencillas pero bien cuidadas para resolver kakuros, sudokus, etcétera, suspiro por ver algo similar pero con los pasatiempos que me acercó hace muchos años la editorial Zugarto. 

Una nota para vuestros contadores: conceptis cobra 19 pesos mexicanos (más o menos un dólar americano) por 50 pasatiempos breves que se descargan desde internet, y yo los he pagado varias veces de muy buena gana).

Lanzo este mensaje como una botella al mar, porque ni siquiera estoy seguro de que ustedes reciban este correo. Pero sería un gran gusto que no sólo lo reciban, sino que pronto me encontrara con alguna aplicación de Zugarto para el cel o la tableta.

Idea bonus: ¿no sería también interesante distribuir los libros de Zugarto en versión electrónica a través de amazon? a ver si finalmente me hago de alguno de ellos.

En fin. Gracias por tantos años de ingenio, magia y aprendizaje. Un abrazo,

Andrés Sánchez.

domingo, 2 de abril de 2017

Documentando el nuevo Renacimiento


Como sabes, Renacimiento es el nombre que recibe el amplio movimiento cultural, artístico, científico y humanista que se dio en Europa entre los siglos XV y XVI. Al menos, eso dice la Wikipedia.

Cada vez más seguido me encuentro manifestaciones culturales que aprovechan la globalización y que me emocionan. Varias veces me he dicho ¡Esto es un nuevo Renacimiento! ¡Yo debería contar sobre estas cosas en mi blog, como testigo privilegiado de esta era! (así me siento).

Pero luego lo dejaba y no escribía al respecto. Hoy volví a decirme ¡Esto es un nuevo Renacimiento, soy privilegiado! y decidí dejar constancia de lo que vi. Tal vez escriba varias veces sobre cosas que me emocionen sobre este tema, y vaya documentando lo que para mí es una época en la que todo el conocimiento, toda la belleza artística, todas las posibilidades de colaborar para desarrollar algo nuevo, están a la mano de millones de personas.

Te cuento el caso de hoy:

Wintergatan es el nombre que utilizan dos músicos suecos sumamente experimentales. Hace tiempo vi por casualidad un video en el que construyeron una máquina para hacer música, utilizando 2000 canicas de metal en un mecanismo al que había que dar cuerda a mano, mientras sonaba la música. El video me gustó muchísimo. La música y el mecanismo eran interesantes, y ver a Martin Molin (un integrante del grupo) accionar la máquina, por momentos agobiado, por momentos feliz me pareció conmovedor. El video en cuestión presenta la canción Marble Machine, y lo pongo abajo:



Y hoy, me encontré una cosa todavía más interesante. Justo un año despúes de la publicación del video de arriba, los Wintergatan reunieron una serie de videos con covers de Marble Machine e hicieron un collage de versiones, buenísimo. Es muy interesante ver cómo hay desde versiones para bailar en antros de electrónica, hasta versiones adaptadas para orquestas escolares. Desde versiones rockeras con guitarra eléctrica llena de efectos de pedal hasta versiones preprogramadas con discos duros, con máquinas de relés, un baterista solitario, versiones tipo video juego de 8 bits... una enorme variedad. 

Documentando la globalización de Marble machine, su abrazo a la diversidad:



Posiblemente no todas las versiones te gusten (incluso, tal vez ninguna). A mí, muchas. Y me emociona que el trabajo creativo tenga el potencial de explotar así.

Este es el futuro que me habían prometido en los 80.