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sábado, 11 de mayo de 2019

Me encontré en el metro

Esta mañana me subí al metro como casi todos los días. El vagón no iba demasiado lleno, y yo iba de pie, bien agarrado al tubo y escuchando música con audífonos. 

Algo llamó levemente mi atención: un pasajero que iba sentado a unos metros de mí, tenía un suéter parecido a uno que yo tengo, aunque más desgastado. Abrí mi panorama para ver un poco más del viajero. Sí, su suéter era idéntico al mío, probablemente incluso de la misma talla, pero con más tiempo de uso. No pude dejar de admirar que, aunque el portador parecía tener alrededor de 65 años, vestía de la manera  que me parece a mí más práctica: unos pantalones de mezclilla cómodos, unos tenis que parecen paso de gato por lo bien que amortiguan al caminar, nada de relojes ni cadenas, un teléfono compacto y sus lentes muy sólidos y discretos. Un nómada urbano, tal como yo.

Aunque... los lentes tenían algo. Algo que los hacía parecidos a los google glass, pero al mismo tiempo, distintos (tal vez más ligeros y con añadidos más pequeños). Tenían unas pequeñas aplicaciones rojas a cada lado, que los hacían ver muy futuristas.

Cuando mi mirada llegó hasta sus lentes, me fijé también en su rostro y su expresión. Su expresión era interesante. Tenía la vista hacia abajo, y una pequeña sonrisa. Mi interpretador de expresiones automático, desarrollado a lo largo de milenios de evolución me ofreció como traducción automática de ambos elementos del gesto: "Uy, uy, no me veas, que me descubres... aunque tal vez ya me has descubierto. Qué bien".

Cuando me fijé más en su rostro, empecé a sentir calambrito. Su rostro se parecía al mío. O mas bien, al rostro que pienso que tendré cuando cumpla 65 años.

Hice un rápido recuento de mis pobres conocimientos de ciencia. Según yo, el grafeno empieza a tener aplicaciones comerciales interesantes, los autos están a punto de liberarse del yugo de la gasolina, la terapia génica por un lado, y avances para mejorar nuestra vida a partir de modificar los tipos de bacterias que viven en nosotros por el otro están también a punto de despegar para ampliar nuestras expectativas de vida. Los experimentos del Gran Colisionador de Hadrones en general han dado información que comprueba cosas que se creían, pero de las que no se tenían evidencias, y se han descubierto algunas partículas de las que no se sabía... Nada que me dé indicios de que los viajes en el tiempo podrían ser algo cotidiano dentro de 15 años.

Entonces, es falso que ese que iba ahí sentado fuera mi "yo del futuro". Seguro sólo se parecía lejanamente a mí, y le gusta vestir práctico, igual que a mí.

Pero... esa sonrisa. Tan parecida a la que me ofrezco en el espejo cuando me descubro pensando cosas y me digo: uy, uy, uy, no me veas que me descubres.

jueves, 4 de agosto de 2016

El blues de la información

Yo debería escribir una historia en la que el protagonista tenga una cuenta en un servicio de almacenamiento en la nube, y ahí coloque todos los recuerdos valiosos de su vida. Tal vez fotos y video de gente que ya no está. Todas sus reflexiones. Todos sus blogs. 

Y luego pierde su capacidad de pago. Pierde su trabajo y todas esas cosas. Ya no puede pagar su mensualidad del servicio de almacenamiento, y le llega un correo de la compañía, avisándole que como no paga, en 30 días se borrarán todos los archivos de su cuenta que excedan una cantidad ridícula de espacio (que es el espacio gratuito). 

El protagonista ha caído tanto en desgracia, que tiene que elegir entre a) comer frugalmente o b) ahorrar un poco con la esperanza de comprar un disco duro de suficiente capacidad, y alquilar una máquina en un café Internet el tiempo suficiente, para hacer un respaldo de sus valiosos recuerdos. 

Vive en la calle. Deambula sin mucha ocupación. No sabe cómo obtener dinero en su situación.

El protagonista siente que, si no logra salvar sus recuerdos, será como si no hubiera vivido, como si su existencia no hubiera causado ni una onda en el lago.

No reúne suficiente dinero para comer lo mínimo y además poder comprar el disco duro y el tiempo de Internet que necesita. Lo más que logra es reunir dinero para una memoria USB de 32 Gb y 15 minutos de Internet en un café, hacia la última hora del último día de su plazo.

En sus 15 minutos, selecciona rápidamente lo que considera sus recuerdos más valiosos, y los manda a la USB con mucho apremio. Sabe que su selección no es la mejor posible, por las prisas. Y además, sus 15 minutos se le acaban antes de que logre transferir toda su selección. Sus recuerdos.

Sus recuerdos. Este pobre hombre empieza, poco a poco, a darse cuenta de que sus recuerdos están en su cabeza. Que sus fotos y su video no son sus recuerdos, sino una manera de acercarse a ellos. Su blog no es su memoria.

Y qué bueno que empieza a darse cuenta, porque al salir del café Internet, la memoria USB, tan preciosa, que llevaba, se sale por un agujero de su bolsillo, y cae por el agujero de una alcantarilla muy profunda, en un día de lluvia torrencial.

El hombre se sienta en la banqueta, junto a la alcantarilla. La lluvia cae sobre él. No le importa. No sabe si se siente muy triste. No sabe qué siente. Empieza a recordar todas las cosas que había guardado en su disco duro. Empieza a ver imágenes, a tener sensaciones, en su mente.

Una semana después, logra reunir dinero para 15 minutos de Internet. No es que le importe mucho ya, pero antes de caer en desgracia consultaba su correo electrónico frecuentemente, así que va y hace eso.

Y encuentra un correo de la compañía que almacena su información en la nube, diciéndole que no han borrado sus archivos, pero que los han puesto a resguardo. Que si quiere tener acceso de nuevo a ellos, tiene que pagar sus mensualidades vencidas. Que le dan seis meses para regularizarse. 

Y el hombre empieza una nueva carrera contra el tiempo.

martes, 29 de marzo de 2016

Tania y los árboles

Hace muchos años, cuando Tania era una niña de cinco o seis años, me hizo una pregunta que me dejó viendo estrellas, y no hallé modo de respondérsela. La pregunta fue:

Papá ¿en el mundo hay más árboles, o más personas?

Traté de interrogar a google de diferentes maneras, le pregunté a amigos biólogos y científicos misceláneos, y todos me decía que qué buena pregunta, pero no tenían a mano la respuesta.

Y no olvidé la pregunta, porque la apunté en mi libreta de cosas permanentes, y la compartí en algún momento por twitter.

Luego, hace 10 minutos, por pura serendipia, me encontré con el artículo de Sergio Parra en su blog Genciencia, que contiene, con sencillez, en dos párrafos, la respuesta y otras informaciones interesantes sobre árboles y personas.

Al parecer, en el mundo hay unos 200 árboles por persona. Antes se pensaba que menos.

Se lo contaré a Tania esta noche, cuando la vea.

lunes, 14 de noviembre de 2011

Tengo un teléfono celular



El mendigo se acercó a nuestro pequeño centro de enseñanza del Internet el 13 de enero de 2010. Su manera de hablar era confusa; probablemente su mente también:


-Tengo un celular ¿verdá? y pus quiero aprender lo del interné, porque tengo que mandar un correo, para quedarme con el celular con todas las de la ley ¿verdá? y quiero ver si ustedes pueden ayudarme. Tengo que mandar un correo y una imagen. Es muy importante-.


Como no olía a alcohol ni parecía drogado, decidimos ayudarle. Lo sentamos en la máquina #7 y le dijimos que entrara al navegador. Cuando nos dimos cuenta de que nunca había tocado una computadora en su vida, le expliqué que necesitaríamos muchas clases para llegar hasta el correo electrónico. Que si era constante, probablemente en menos de un mes ya sabría enviarlos.


-No, no, eso no puede ser ¿verdá? no quiero cargar tanto tiempo con algo que no es mío. ¿Hay modo de que sólo me enseñen a mandar correo?


Le explicamos que no podía ser, que no se puede aprender eso primero, pero ante su cara desolada, le ofrecimos mandar nosotros el correo que estaba pidiendo. Su rostro se iluminó, y prometió aprender todo lo demás si le ayudábamos ya a mandar su correo. Quedamos en que lo mandaríamos desde una de las cuentas del aula, y que él volvería otro día para ver si le respondían.


Se aclaró la voz y empezó a leer, con dificultad, en un pequeño teléfono celular, muy nuevo y caro que sacó de su sucio bolsillo:


-Hay que mandárselo ¿verdá? a una persona que se llama macpip ¡uy, luego esta letra rara que parece una a y una o al mismo tiempo!, y se apedilla otmailcon


Ruiz y yo nos miramos. Como Ruiz es muy bueno para ver patrones donde parece haber ruido al azar, resolvió el problema antes que yo, escribiendo macpip@hotmail.com


-Ora, el mensaje. Primero la introduición, para que la señora no se vaya a espantar: "estimada señora, esto que le pongo abajo ¿verdá? me lo encontré en un celular, por favor, dígame si me lo puedo quedar, y no se olvide de leer el mensaje porque me está costando muncho trabajo que usté lo tenga y espero que le de paz a su alma, y que usté esté muy bien con todo respeto, Poncho el chimuelo"-.


Luego Poncho el chimuelo nos siguió dictando lo que leía en el celular:


"Mi amor:
El capitán del avión nos acaba de decir que un motor falla, y nos vamos a estrellar. No sé si saldré vivo, ni si esto que estoy escribiendo en mi celular te llegará algún día. Pero tengo que intentarlo. He puesto un mensaje en la pantalla, pidiéndole a quien lo encuentre que te mande la última foto que acabo de tomar y este mensaje, a cambio de quedarse con el teléfono. Todo mundo grita y llora en el avión. Yo no, mi vida. No tendría sentido. Mejor te escribo, y te digo que fue muy hermoso conocerte, estar a tu lado todos estos años, que tú le diste a mi alma paz que ahora estoy utilizando. No siento que la vida me deba nada. Sólo lamento no poder volver a mirar tus ojitos. Pero los recuerdo muy bien. Me acompañan en estos momentos. No creas que no tengo miedo, sí tengo. Te prometo que haré lo más que pueda para sobrevivir."


Atónitos, conectamos el teléfono y transferimos al correo la imagen de un hombre de apariencia muy normal, sonriendo y levantando una mano en señal de saludo. A su alrededor todo era caos. El hombre sonreía ante todo eso, seguramente sólo para tranquilizar a macpip.


Después de ese día, Poncho el chimuelo pasó cada día por nuestro centro de enseñanza, preguntando si había respuesta "de la señora macpip". Y además, se quedaba a aprender dos o tres cosas sobre la computadora. Le costaba trabajo sentarse y atender mucho tiempo, pero preguntaba sobre lo que había en la pantalla en ese momento, y al parecer, lo iba comprendiendo. Un mes y medio después, llegó una breve respuesta, de una dama muy agradecida.


Cuando Poncho la leyó, se le iluminó el rostro y nos dijo -Tengo un celular ¿verdad? y he ayudado a esa señora a sentirse bien ¿quién lo hubiera pensado?-.


-Nadie, Poncho, pero tú lo hiciste- le dijimos.


Nos dio gusto que eso sucediera exactamente el mismo día en que Poncho empezó su trabajo de capturista en nuestras oficinas.

sábado, 12 de noviembre de 2011

La manzana de hierro


Ayer tuvimos una buena sesión jugando Rory's Story Cubes con los niños. Tiras los dados y tienes que construir una historia basándote en los dibujos que salgan en las caras superiores. A mí me salió ésta tirada:



Había una vez un abuelo que quería mucho a su nieto. Y su nieto a él. Pero un día, el nieto se enfermó. Los doctores no sabían qué era, no conocían esa enfermedad. Sólo sabían que el niño cada vez estaba más débil. El abuelo le preguntó a las estrellas qué podía hacer, y sintió en su corazón que una de ellas le decía "busca la manzana de hierro, y refleja mi luz en ella, para que la vea tu nieto". El abuelo no había nunca escuchado sobre una manzana de hierro, pero decidió salir a buscarla. Preguntando preguntando en cada pueblo por el que pasaba, se fue acercando más y más al árbol-que-daba-manzanas-de-diferentes-metales. Cuando ya estaba muy cerca, se encontró con que tenía que atravesar un puente para llegar. El árbol se veía justo al otro lado. El abuelo estaba a punto de pisar el puente cuando un pez enorme y con una boca como para tragar abuelos le dijo -si tú pisas MI puente, te comeré de un bocado-.
-Estimado pez- dijo el abuelo -no querría yo pisar tu puente tan bonito y bien construido si no fuera porque necesito una manzana del árbol que está al otro lado. Por favor, permíteme pasar-.
-¡Claro que no!-dijo el pez. -Este puente es sólo mío, MÍO-.
Ante la negativa, el sagaz abuelo no se amilanó. Sacó de su maletín una Caja de Faraday y de ella un imán enorme y potentísimo. Y al hacerlo, la manzana de hierro se desprendió del árbol y voló hacia sus manos. El pez se quedó con la bocota abierta (dicen que desde entonces todos los peces están así, posiblemente porque él se lo contó a todos) y el abuelo pudo volver y reflejar la manzana de hierro en la estrella, lo cual sanó inmediatamente a su nieto.

Una disculpa por las licencias científicas que me tomé en aras de poder terminar el cuento con el último dado.

martes, 20 de septiembre de 2011

Sobre los espinautas (2)

Hace 2 años sentí que la carga de trabajo que tenía era demasiada, más que demasiada. Y traté de simplificar mi vida al máximo para poder realizarla. Entre las cosas que en ese momento sentí que tenía que sacrificar, estaba el grupo PCM, que es en donde los espinautas se reúnen ahora. No me salí, simplemente, dejé que montañas de mensajes se acumularan en la carpeta PCM, sin revisarlos.


La cantidad de trabajo no ha disminuido, pero estoy un poco más organizado y sólo por eso me atreví hace poco a ir leyendo todos los correos de espinautas que no había revisado en 2 años. Empecé a leer desde el más reciente, al más antiguo.


Así, me enteré hace unos días que un entrañable compañero, Luis del Valle, ha muerto. Lamenté a solas lo que mis compañeros espinautas lamentaron todos juntos hace un año. Leí las cosas hermosas que algunos de ellos escribieron sobre Luis, y me hice nuevamente el propósito de intentar ser mejor cada día, para que algún día se puedan decir cosas parecidas sobre mí.


Luego, ayer por la mañana, nuevamente revisando el correo de PCM al revés, encontré el último mensaje de Luis para los espinautas. Era un correo sencillo, en que opinaba sobre la manera en que debe decirse algo, con modestia y mucho conocimiento de la regla gramatical. No fue una despedida concebida como tal. Sólo fue el último mensaje que escribió para el grupo, probablemente ni él lo sabía.


Decimos, en PCM, que probablemente somos la comunidad virtual más antigua de México que aún existe. No sé si sea cierto, pero de cualquier modo, es un privilegio ser un espinauta. Han pasado formatos de moda, de animación, de interacción, inteligencias artificiales, redes sociales con mecanismos ingeniosos...  y nosotros seguimos utilizando el simple correo electrónico dirigido a un grupo de personas, sólo para decir Hola. Yo soy y tú eres. Vamos a compartir.

lunes, 19 de septiembre de 2011

Sobre los espinautas


The Grid.

A digital frontier.
I tried to picture clusters of information as they traveled through the computer.
What do they look like? Ships? Motorcycles?
With the circuits like freeways.
I kept dreaming of a world I thought I'd never see.

And then, one day... 
I got in!

Daft punk





Nunca he escrito sobre los espinautas en mi blog. Sí de alguno de ellos, o alguna idea inspirada en algo que ellos dijeron. Pero nunca los he presentado formalmente en sociedad.


Tal vez sólo yo les llamo espinautas. Algunos de ellos sabrán perdonar esta libertad que me tomo, otros me harán un comentario sarcástico al final de esta entrada, otros simplemente no me pelarán. De cualquier manera, tengo que llamarles como les llamo siempre en mi mente cuando pienso en ellos.


Conocí a los espinautas en 1993. Mi amigo Gonzalo me dijo que era posible conectarse a una red a través de la computadora, utilizando un módem, y que había comunidades invisibles a las que se accedía sólo por ese medio. Me convenció de comprar un kit de iniciación de SPIN, un servicio de BBS de la Ciudad de México. Digo mal, no era "un servicio", sino "El Servicio". A partir del primer día en SPIN quedé cautivado de todo lo que se podía hacer ahí.


Principalmente, discutir sobre cualquier tema que uno pudiera pensar, con gente inteligente, agradable, ingeniosa, bien intencionada (en general). 


En este punto, resisto a la tentación de describir algunos espinautas connotados, principalmente porque haría omisiones, y no quiero eso. Solo diré que me siento muy afortunado porque ahí conocí muchísimas personas que al día de hoy considero mis amigos.


Mira, en ese entonces yo sólo conocía uno o dos nerds como yo. Y de pronto me di cuenta de que 


¡No estamos solos!


Y que los temas que a mí me interesan no son tan estrafalarios como la mayor parte de la gente que conocía en la realidad real me hacía creer. 


He aprendido mucho de ellos a través de los años, y cuando SPIN dejó de existir, nos organizamos para saltar de medio y seguir. Los primeros días en que conocimos Internet, poco después, nos parecieron como salir de nuestro ciber-pueblito para entrar a la gran ciudad. Algunos nos perdimos por un tiempo. Algunos ya no aparecieron, o no quisieron seguir en el grupo.


Tengo algo más que decir en este momento sobre los espinautas, pero temo que si hago escritos muy largos, nadie los lea. También temo decirlo mal por el apresuramiento, porque me pesa un poco en  el corazón lo que quiero escribir. Probablemente, lo haga mañana.

lunes, 12 de septiembre de 2011

Cartas a mí mismo

Uno a veces no se da cuenta, pero se escribe cartas a sí mismo. Cuando uno escribe recordatorios en papelitos, o en su agenda, en realidad lo que está diciendo es "Querido yo: como sé que eres un tonto de capirote y luego no te acuerdas, te pongo aquí las cosas que tenemos que hacer". Yo me escribo de esa manera todo el tiempo. 


Otra manera de escribirse uno mismo, es a través de un diario. Probablemente esa manera es muy conocida, y para quienes tienen la disciplina de escribir diariamente, seguro es una intención muy clara desde el principio. Yo nunca he podido hacerlo.


Pero una tercera manera es a través de un blog. Sé que muchos escribimos en un blog pensando que es para que los demás lo lean, y seguro es así en primera instancia. Pero al paso del tiempo, cuando ya nadie revisa mis viejas entradas de blog, yo regreso, y las miro y me asombro: la mitad o más de ellas no recuerdo haberlas escrito, hasta que las leo. A veces me agrada cómo era yo hace un año, dos, tres. A veces me regaño, o me disgusta cómo era. Pero siempre es iluminador.


Este fin de semana, leí varias de mis entradas antiguas en este blog. Aunque no lo parezca, aunque yo creía que tenía sólo unas 10 cosas puestas aquí, la verdad es que ya son bastantitas, y varias me gustan mucho. Mi conclusión del fin de semana, es que debo tratar de volver a escribir más seguido. No porque tenga perlas de sabiduría, ni nada, sino por el gusto que me dará en 10 o 15 años volver a leer estas cosas, volver a recordar los viejos tiempos.


Los viejos tiempos que son aquí y ahora.

viernes, 5 de agosto de 2011

Artista

Comeremos las raíces de las plantas 

que más nos hagan soñar;
para interpretar el mundo, 

suponiendo que haya algo que interpretar. 

El último de la fila

Todos sentimos alguna vez, en una madrugada gris y quieta, o en medio de una furiosa lluvia, o un día soleado y colorido, cosas en el corazón que queremos expresar.

No sólo eso: sentimos que podemos expresarlas de manera perfecta si nos esforzamos un poco, sentimos que podemos convertir eso que está adentro en algo que esté afuera, y que pueda ser comprendido en su totalidad. Sentimos el anhelo de sacarlo fuera.

Todos visitamos ese país de vez en cuando. Pero los que viven en él, lo sepan o no, lo desarrollen o no, son los artistas.

martes, 26 de julio de 2011

Círculos

Esta mañana, AK, de 5 años, me abrió sus bracitos desde su cama y me apretó con ellos al tender mi mejilla sobre la suya. Nos deseamos buenos días. Algo que no convertí en palabras flotó en el ambiente.
Media hora después, mi papá, que me dio un aventón para acercarme al trabajo, me dijo al bajarme de su coche: No sé por qué, siempre siento pesar cuando me separo de ti.

Eso cerró un círculo que me pareció tan bello que la parte del camino que recorrí andando tuve los ojos brillosos.

Y lo escribo ahora para no olvidarlo porque ¿qué hay más valioso que pudiera yo atesorar, sino estas cosas?

miércoles, 4 de mayo de 2011

La princesa, los bombones y el concurso de aviones

Pasé mucho tiempo sin escribir en este blog. Cosas que pasan, ya sabes. Pero decidí volver, y buscaba un tema que fuera especial para reiniciar. Por eso, te voy a contar sobre mi abuelo Enrique, y un cuento que "heredé" de él.


Mi abuelo Enrique era gran lector, y una persona apacible. Desde que yo era bastante pequeño, recuerdo que muchos familiares decían que me parecía a él, creo que en esos rasgos. Desafortunadamente, no tuve mucha oportunidad de profundizar con él en nuestra afición común: cuando él murió, yo era un niño que empezaba a leer. Tal vez buscando conocerlo más, o sólo por afición a los libros, me aficioné a mirar, y en algunos casos leer, los libros de su biblioteca. Sin darme cuenta, estaba conociendo una parte privilegiada de mi abuelo: sus gustos en lectura. Si pasas una vida leyendo, al final tu biblioteca, los libros que decidiste conservar, dicen mucho de ti. Por mi abuelo conocí a Giovanni Papini, a José Agustín, a Antoniorrobles.


Muchos años después, cuando la biblioteca de mi abuelo ya no existía, mi mamá tomó un taller de cuenta cuentos, y me pidió que le sugiriera algún cuento para relatar en su siguiente sesión. Recordé un cuento de Antoniorrobles justamente, aparecido en el número dos de la revista El cuento (primera época, julio de 1939, si mal no recuerdo), llamado La princesa, los bombones y el concurso de aviones. Le mostré a mi mamá el ejemplar de la revista, diciéndole que había pertenecido a mi abuelo, y ella preparó el cuento para su sesión de taller. Mi mamá me contó después que al contarlo se llenó de emoción, porque se dio cuenta de que era un cuento que leyó y conservó su padre por muchos años, y que tras otros tantos su hijo le sugirió que lo contara. Ese cuento es una especie de vínculo, con ese abuelo que no pude conocer bien, y por supuesto, también con mi madre. A mí me emociona cada vez que lo releo.


Pensaba transcribirlo aquí, porque creía que no había versiones digitalizadas de él. Sonnyluna (a quien le agradezco mucho) me mostró que el Proyecto Cervantes cuenta con una versión que puede leerse y descargarse aquí. Espero que lo leas y lo disfrutes. Me parece que la idea central sigue siendo vigente y apremiante.


Y este soy yo, diciendo que he regresado a escribir en este blog.

domingo, 17 de octubre de 2010

Una carta.

Querido Nube azul:
Querida Ríe y transforma:
Querida Baila con el corazón:
Este día los dejo por un tiempo, los dejo con pesar en mi corazón, porque ustedes le dan sentido a lo que hago, y llenan mis días de ternura. Tengo que ir a hablar con gente de otra tribu, una tribu lejana, más allá de las montañas altas. Es gente que quiere saber qué hacemos aquí, qué creemos aquí, qué entendemos y qué nos falta entender. Yo también quiero saber qué entienden, que saben, qué creen.
Me voy por muchas horas, muchos días, tal vez demasiados. A veces me pregunto por qué voy allá, lejos. ¿No podemos estar juntos siempre, olvidar lo que hay detrás de las montañas, solo reír, y comer, y contar historias, juntos?
No podemos. No debemos. Creo sinceramente que es lo mejor para todos que pongamos nuestro rostro y corazón en una bandeja, y la presentemos a los amigos lejanos. Ellos también pondrán su rostro y corazón, y nos los mostrarán. Y entonces los entenderemos, y seremos más sabios.
Me llena de tristeza alejarme de ustedes, tan pequeños y felices, tan atentos a lo que digo y hago para ustedes.
Tan amados.
Pero uno se reúne con los amigos de otras tribus con la esperanza de, juntos, ser mejores, dar mejores cosas a ustedes, que hoy reciben y mañana darán.
Tal vez más adelante ustedes visiten otras tribus, busquen ser mejores y traer conocimiento precioso, y yo sea el que espere, cuidando nuestra fogata.
Pronto volveré, si el gran espíritu así lo quiere, y entonces trataré de repartir lo que nos dan nuestros hermanos lejanos. Ya quiero estar de vuelta y mirar los ojitos de Baila con el corazón, escuchar las canciones de Ríe y transforma, conocer las aventuras de mi noble Nube azul.
Dice Ríe y transforma que, si puedo, le traiga algo. Pero que prefiere que vuelva, aunque no le traiga nada. Luego razona que, si no vuelvo, no podría traer nada, de todos modos, y se ríe.
Yo voy a hacer todo lo mejor que puedo y sé, y luego voy a volver. Y el camino de vuelta a casa será el más luminoso, como siempre.
Mi mejor parte se queda con ustedes, siempre suyo,
Perro sin raza.

lunes, 1 de marzo de 2010

Kindle, de Amazon: una reseña

Llevaba un buen rato sin poner mensajes aquí. Una buena parte de la culpa la tiene el bendito trabajo, como siempre; pero debo aceptar que otra parte la tuvo el Kindle que recibí hace unos días. Sé que llego tardísimo a las reseñas. El objeto no es nuevo. La versión 1 circula desde noviembre de 2007; y la versión 2, de la que hablaré, circula con servicios internacionales desde octubre de 2009.

Primero quiero contar por qué me decidí a comprar un Kindle. Tengo una larga historia en lectura laboral y recreativa utilizando medios diferentes al papel. La intención siempre ha sido cargar mucha lectura con poco peso y espacio, y poder leer en cualquier momento en que se preste la ocasión: una fila larga en un banco, tráfico en las calles, una hora libre en un lugar aislado. He usado computadoras de escritorio, laptops, varios modelos de palm y una clié. Nunca me decidí a comprar un teléfono de ésos que ya son minicomputadoras, porque no uso mucho el teléfono y porque me parece herético que esas cosas no son estándar: cada modelo significa volver a aprender dónde están los menús. ¿Por qué quise comprar un Kindle teniendo aún las otras opciones? (sí, mi vieja y bella palm Tungsten E2 aún sirve) Yo me resistía. Pero:

a) La pantalla no echa luz. Casi ni parece una pantalla. En realidad es una especie de pizarrón blanco, cuyo sistema se parece un montón al magna doodle que seguro muchos recordamos de la infancia, aunque con mucho mejor resolución.
b) Me prometieron (y me cumplieron) una batería que tiene aproximadamente una semana de autonomía
c) Conexión constante y gratuita a Amazon, para comprar libros + sugerencias de libros basadas en mis elecciones anteriores + libros en general un poco más baratos que sus versiones en papel + descarga del libro que se compre en aproximadamente 60 segundos (todo esto, me lo cumplieron, oiga!).
d) Opciones de lectura activa: al topar con una palabra en inglés que se desconoce, elegirla con el cursor de Kindle y al pie saldrá una definición (también en inglés) + wikipedia constante, gratis y con búsqueda inmediata sobre lo que esté leyendo + poder subrayar y comentar el texto. Como dijo algún comentarista de este aparatito, tras un tiempo de leer utilizando estas capacidades, uno ya quiere usar el cursor hasta con los libros en papel. Se vuelve automático y útil.
e) La característica definitiva, que me hizo decidirme (junto con un empujón de ánimo de Don Charles Malagón) es el hecho de que pueden colocarse en el Kindle archivos personales de formatos variados, como pdf, doc, mobi y prc. Para mí esta característica es indispensable, puesto que puedo llevar todo mi trabajo de lectura y comentarios en un dispositivo pequeño. Desde mis tiempos de palm, recuerdo la frase de Unamuno: no lleves en tu cabeza lo que puedes llevar en tu bolsillo. Eso sí: los archivos deben ser transformados.Tras unos días de buscarle, he encontrado tres maneras de transformarlos que son satisfactorias, y que permiten hacer lectura activa con ellos (si los pdf se transfieren simplemente, quedan más o menos como imágenes; no se pueden hacer varias cosas con ellos; si hay interés, ya pondré en otro artículo los métodos que descubrí).

En fin, que una venturosa tarde de febrero me llega un paquete, una caja de cartón sencilla, que dentro tiene un delgadísimo aparato que a primera vista parece una minilaptop que no se dobla, luego parece una tablet pc o un iPad, y finalmente no se parece a nada al observarlo detenidamente. Me siento un poco como un steampunk, porque el objeto no tiene una pantalla de cristal líquido, ni de plasma, sino otra cosa que parece venir del pasado. Tras unas pocas vacilaciones mientras empiezo a leer la guía en pantalla, entiendo el funcionamiento, lo generalizo, y luego lo automatizo; como era la intención de Amazon, uso el Kindle como uso un libro: sin fijarme en él, y fijándome en lo que leo. Kindle desaparece y sólo queda un autor hablándome, como ha sido desde que tengo seis años y libros de papel.

La compra me pareció muy satisfactoria. Tratando de decir el precio de una manera que sea significativa para mis (dos) lectores no mexicanos, diré que cuesta, ya con impuestos, aranceles, gastos de envío y demás, lo que un teléfono celular de media pinta; no muy nuevo, no muy viejo. Me dan ganas de hacer unas cuentas para ver si sale más barato que cada niño mexicano tenga un Kindle y se le distribuyan sus libros de toda la primaria y secundaria en archivos por internet, o el actual esquema de libros gratuitos (es decir, pagados con los impuestos de todos los mexicanos) en primaria y secundaria, de papel, que se distribuyen tortuosamente, por vías que no siempre llegan a buen puerto... no sé si las cuentas quedarían a favor del Kindle, pero pienso que, si acaso, no perdería por mucho. Cuando veo mi objeto de lectura, siento que estoy viendo el futuro, con cada alumno cargando sólo un "libro" a la escuela. Con cada niño mexicano accediendo a todos los libros que pueda y quiera leer, y no sólo a sus libros de texto. Pienso en Borges y su libro de arena. Pienso en todo lo que voy a aprender y me voy a divertir tan sólo diciendo las palabras mágicas y apretando un botón.

domingo, 7 de febrero de 2010

Malvivientes al teléfono

Es molesto. En menos de una hora, he recibido tres llamadas telefónicas que considero muy probablemente intentos de sacarme datos por teléfono.

En la llamada uno, una voz que parecía de una mujer mayor, preguntaba, algo afligida, si yo le había llamado desde este número, porque ella había recibido una llamada de este número. Por si sí, por si no, mi respuesta fue decirle que nadie había llamado a ningún lugar desde mi número desde hacía mucho tiempo, y ya.

En la llamada número dos, una voz que parecía pertenecer a un joven analítico buscando dónde vivir, preguntó eficientemente por el inmueble que yo vendo. Sólo expliqué, sin dar absolutamente ningún dato, que yo no vendo ningún inmueble.

En la llamada tres, hubo una decisión por jugar una carta más fuerte: una voz de ranchero broncudo y poco tolerante me dijo que cómo andaba, que ya había llegado el plazo, y que había qué pagar. como no lo contradije, sino que sólo le dije que así era, me mencionó que tendría que hablar con el Fito para que me pusiera en su lista. Pos sí, ni hablar, ya qué, le dije. Y colgó.

Ahora ¿estaré en una lista? ¿o todos los malvivientes dedican su domingo en la tarde a llamar todo lo que pueden, para tener "trabajo" extorsionando por teléfono el resto de la semana?

Una de las primeras cosas que hay que hacer, dados los hechos, es enseñar a los niños a nunca nunca decir quién son ni dar ningún dato a menos que sepan perfectamente con quién están hablando. Aunque, vistas las cosas, yo creo que más bien voy a decirles a los míos que acerquen el teléfono a un adulto, pero que no contesten ellos.

Me parece duro que la mala gente vaya llenando cada vez espacios, resquicios más pequeños... ¡hasta por esta razón hace falta que la educación mejore en las sociedades! para que sea más difícil engañar y por lo tanto, sea más redituable tener una vida honesta.

viernes, 5 de febrero de 2010

666

Me desperté de madrugada. Simplemente, se abrieron mis ojos y yo estaba (creía estar) totalmente lúcido. De pronto, un pensamiento se formó casi solo en mi mente: la razón por la que la numeración de los minutos termina en 60 debe ser para que no pueda formarse el número de la bestia con la hora y los minutos.

Volteé a mirar el reloj. Eran las 3:33. La mitad. Me di cuenta de que era la mitad.
Y que yo era medio bestia.

(Me encantaría decir que es un cuento que inventé, pero es la pura verdad).

jueves, 4 de febrero de 2010

Gente común

Uno de los servicios que Internet me ha prestado desde hace unos 15 años es el de bajarme de la nube de creerme único, y mostrarme que en realidad, en un mundo tan lleno de gente, las cosas que uno hace son más bien típicas que atípicas.

Una nueva reflexión al respecto me la causa una de las muy bien presentadas estadísticas sobre el uso de Internet que focus.com ha publicado, y que yo encontré revisando el maravilloso alt1040.

Antes de mirar con detalle la imagen debajo de este texto, detente y piensa: ¿qué edad crees que tienen en general los escritores de blogs? Yo pensaba hasta hace un rato que en general eran jóvenes, y que yo podría considerarme un venerable entre los bloggers.

Ay de mí:


Al parecer, estoy en el grupo modal de edad de los escritores de blogs (eso significa que mi edad está en el grupo  de edad que tiene la mayoría relativa de los bloggers).

Ya no me parece tan moderno escribir un blog... eso sí, sigue siendo necesario.  :)

miércoles, 27 de enero de 2010

Memoria

Tengo muy mala memoria ecoica y episódica. Básicamente, eso significa que no retengo los hechos como sucedieron, si no tienen una significancia específica en mi sistema de conocimientos. Por poner un ejemplo, no recuerdo dónde o cómo fueron las bodas de mis hermanas (aunque sé que fui a las tres). Otro ejemplo: me costó un esfuerzo endemoniado aprenderme las tablas de multiplicar en primaria, y aún ahora, la del 7 no me la sé, sino que la construyo cada vez que la necesito.

Tener una memoria así de mala en esos aspectos, tiene muchas desventajas (sobre todo, sociales... por ejemplo, veremos si mis hermanas no me reclaman por esta entrada de blog). También tiene unas poquitas ventajas:

- Me maravillan cosas que supuestamente ya sabía, cuando me las cuentan.
- Algunas ideas por las que ya pasé, al escucharlas de nuevo (pero como si fueran nuevas para mí) me dan doble chance de valorarlas desde cero. A veces mis dos opiniones coinciden (lo cual las refuerza) y otras, difieren. En estos casos, soy más prudente para evaluar con más cuidado esas ideas en su segunda vuelta.
-Estoy obligado a conocerme muy bien, para poder reconstruir mi conducta en el pasado. Si alguien me dice "nos vimos en el antro tal, mientras contabas un chiste de excusados", sé que miente, pero no porque lo recuerde distinto. Si me dice "nos vimos en la casa de un nerd, y contabas un chiste de monjas" la historia es totalmente verosímil.

domingo, 17 de enero de 2010

Múltiple

Con el apuro de terminar un informe, reconozco al mismo tiempo algunas ideas lúdicas: quisiera estar jugando un juego de video. Al fondo, está el tapiz de mi hambre, que me recuerda que soy tan biológico como la hermana planta, o el hermano chimpancé. Están constantemente taladrando algunos recuerdos, algunos incluso inventados, recuerdos de lo que no fue. Hay imágenes de fantasías y realidades bellas. Rajaduras en mi sistema cardíaco y luces en mi cerebro.

Hoy me reconozco uno y múltiple. Al menos en este momento, siento que comprendo a Walt Withman. Entender que no todas las voces que gritan dentro de mí gritan lo mismo, ni quieren lo mismo, me permite ser más flexible conmigo mismo. No buscar a fuerzas la coherencia interna, sino sólo en aquello que lo requiere porque yo así lo decido.

Incluso puedo permitirme escribir esta entrada de blog tan dispersa.

sábado, 2 de enero de 2010

Lo que es la vida y lo que no es la vida

Este era un bibliotecario que se preciaba de conocer todos los libros de su biblioteca. Cuando uno se acercaba y empezaba a balbucir un título, él, con eficiencia y suficiencia, recitaba el título completo, correcto y el autor. Y acto seguido enviaba a alguno de sus subordinados por el libro, o informaba al solicitante que las 3 copias estaban prestadas.

Y eso que su biblioteca era muy grande. Él era el director.

Pero este hombre tan culto tenía un secreto: no le gustaba leer. Jamás leía por placer ni las novelas, ni la historia, ni las matemáticas, ni la filosofía. Ni los comics del periódico, para acabar pronto.

Pero como sabía el título y el nombre del autor de más de 30,000 volúmenes, la gente lo respetaba por su conocimiento y capacidad. Rara vez tuvo que salir del paso demostrando que sabía lo que contenían los libros. Era listo y repasando la lista de títulos de un mismo autor, deducía por dónde iba la obra, así que esas pocas veces logró conservar su estatus de erudito ante la gente.

Lo cierto es que era como un mesero, que va a la fiesta pero no se divierte, sino que presenta canapés y vino. Un estudioso del zen tal vez diría que era como un pez que no sabía lo que es el agua.

Él se consolaba creyéndose como Beethoven, que podía componer pero no escuchaba su propia música.

Pero se equivocaba. El bibliotecario se equivocaba mucho con esa comparación.

domingo, 27 de diciembre de 2009

Nuestros libros inolvidables

Tal vez es un exceso pensar que este mecanismo que experimento en mí mismo está generalizado, pero me lo permitiré, por esta vez:

Vemos la portada de ese objeto que se llama libro y que tiene apellidos y autor. La portada, la contraportada, su textura, su hechura. Su volumen y su peso. Los colores que ostenta, dentro y fuera. A veces, características especiales, como una encuadernación preciosista o las tintas del forro.

También ocurre que a veces contemplamos lo que no está en el aspecto superficial del objeto: un amigo nos platicó sobre ese libro, o leímos otros del autor que nos son entrañables, leímos reseñas, escuchamos el título (y nos golpeó como un anticipo de la maravilla), vimos una frase citada...

Todas estas cosas, a veces unas y a veces otras, son nuestra imagen de un libro antes de leerlo. Nuestra imaginación nos dice que es o no un libro que queremos leer. A veces, nuestra imaginación nos dice que es un libro maravilloso que debemos leer cuanto antes. Lo compramos. Lo acariciamos al llevarlo a casa, o no aguantamos más y paramos en un café para empezarlo. Degustamos de nuevo la portada, y los detalles que nos atrajeron. Lo miramos escrutadoramente y le decimos en nuestra mente: ¿Qué cosas maravillosas me vas a decir?

Y finalmente, lo leemos.

Hay veces que el libro corresponde con nuestras expectativas. Al terminarlo, lo entubamos con ademán satisfecho en el retacado librero. Otras veces nos decepciona. Alguno es tan diferente a lo que creíamos y lo que queríamos, que simplemente nos es imposible terminarlo a pesar de lo disciplinados que somos.

Pero hay algunas ocasiones especiales en que el libro va más allá de nuestras expectativas. Aunque teníamos expectativas altas, nuestra imaginación no alcanzaba hasta donde llegó este libro. Nuestros ojos se abrían más y más al leerlo, porque era fascinante, inimaginable antes de sí mismo, inesperadamente maravilloso.

Al terminarlo, suspiramos porque quisiéramos que durara más. Y pasa a ser uno de nuestros libros inolvidables.