viernes, 5 de agosto de 2011

Artista

Comeremos las raíces de las plantas 

que más nos hagan soñar;
para interpretar el mundo, 

suponiendo que haya algo que interpretar. 

El último de la fila

Todos sentimos alguna vez, en una madrugada gris y quieta, o en medio de una furiosa lluvia, o un día soleado y colorido, cosas en el corazón que queremos expresar.

No sólo eso: sentimos que podemos expresarlas de manera perfecta si nos esforzamos un poco, sentimos que podemos convertir eso que está adentro en algo que esté afuera, y que pueda ser comprendido en su totalidad. Sentimos el anhelo de sacarlo fuera.

Todos visitamos ese país de vez en cuando. Pero los que viven en él, lo sepan o no, lo desarrollen o no, son los artistas.

martes, 26 de julio de 2011

Círculos

Esta mañana, AK, de 5 años, me abrió sus bracitos desde su cama y me apretó con ellos al tender mi mejilla sobre la suya. Nos deseamos buenos días. Algo que no convertí en palabras flotó en el ambiente.
Media hora después, mi papá, que me dio un aventón para acercarme al trabajo, me dijo al bajarme de su coche: No sé por qué, siempre siento pesar cuando me separo de ti.

Eso cerró un círculo que me pareció tan bello que la parte del camino que recorrí andando tuve los ojos brillosos.

Y lo escribo ahora para no olvidarlo porque ¿qué hay más valioso que pudiera yo atesorar, sino estas cosas?

viernes, 10 de junio de 2011

Lo perdido y lo encontrado

Cuando somos niños y tenemos aún que entender cada cosa de este complicado mundo, a veces comentemos errores. Al llegar anoche a mi casa, me enteré de que un@ de mis hij@s había tomado un objeto de un compañer@ de clase (eso sí, creo que con permiso), y tras dos semanas, no lo había devuelto. Me enteré también de que no lo encontraba, por más que lo buscaba por todas partes, y que en su desesperación, había ofrecido un objeto que le parecía similar, junto con dos pesos, para tratar de reparar el daño. Pero el objeto tenía cierto valor, y la mamá del otr@ niñ@ pedía que se devolviera. Yo me imaginé rápidamente la angustia a lo largo de las dos semanas, y sobre todo, el hecho de haberla pasado a solas, sin tratar de que la familia ayudara a buscar el dichoso objeto.


Me enterneció lo de los dos pesos. Me di cuenta de lo atolondrado y cándido que puede ser un niño. Creo que el objeto que se ofrecía junto con los dos pesos, era uno de los objetos favoritos, así que debe haber habido cierta desesperación por resolver el asunto.


Como todo esto no me dejaba dormir, decidí hacer una lista de "lugares improbables". En ocasiones anteriores en que se han perdido cosas, he tenido la suerte de encontrarlas buscando donde nadie busca, en esos lugares improbables. Así que recorrí mentalmente la casa, pensando en sitios que nadie hubiera pensado en revisar. Mi lista era:


Debajo de los cojines de los sillones de la sala
En los compartimentos del coche
En el cajón del tocador que nadie abre porque está lleno de todo lo que no se sabe dónde guardar
Tras el tocador
Junto a la bocina que está junto al tocador
Bajo la cortina que está junto a la bocina junto al tocador
Bajo la almohada del hij@ que perdió el objeto
Tras el colchón y la almohada del mismo
Bajo las camas
Entre los zapatos, en el closet
En las puertitas de mi buró
Bajo el librero en forma de trenecito
En el closet del baño rojo
en el closet del fondo del pasillo
En la mochila del niñ@ de marras
En la ropa del niñ@ de marras


Tras terminar mi lista, me di cuenta de que tenía una descripción somera del objeto, pero en realidad no me figuraba cómo era. Pensé en preguntar al día siguiente, al despertar, exactamente cómo era. A lo mejor lo había visto en mi revisión nocturna (no creas que sólo hice la lista) y no me había dado cuenta de qué era. Me fui a acostar tarde, y le pedí a mi mente que escaneara sus recuerdos de ese tipo de objetos en las últimas 2 semanas, para tener el superpoder de encontrarlo por la mañana.


Al despertar, me informaron que el objeto era plateado y tenía una estrella así y asá. Entré al baño (para seguir mi secuencia habitual de bañado). Abrí el closet del baño. Levanté una cajita. Ahí estaba el objeto tan buscado.


La cara de mi hij@ al despertar y ver el objeto en mi mano fue un poema.


Con mucha seriedad, le dije que había tres lecciones que no había que perder, en esta difícil situación: 

  1. no adquirir responsabilidad por objetos de los demás, innecesariamente (de manera que no hay que llevarse, ni aunque nos los presten, objetos de los demás, a menos que sea muy necesario)
  2. apoyarse en su familia cuando tenga un problema
  3. dejamos la tercera para que tú, oh hipotétic@ lector@, la cocines por tí mism@.
¿Yo? Yo pasé el resto de la mañana silbando en mi mente una canción de Keith Jarrett (el Blues del Paris Concert).



martes, 24 de mayo de 2011

Muerte, amor, sabiduría y... zombies



Terry Pratchett "descubrió" el Mundodisco en 1983. O quizá unos pocos años antes, y debiera yo haber dicho que nos lo descubrió en ese año. En ese lugar a la orilla de la realidad, tan parecido a un mundo medieval de fantasía heroica, y también a nuestra Tierra en una época posmoderna, Pratchett nos cuenta historias extremadamente originales y divertidas. Los primeros 10 libros de la serie (que ya va en los treinta y tantos libros) tienen subidas y bajadas. Algunos me parecieron francamente olvidables al momento de llegar al punto final (Rechicero, Eric). Alguno me pareció memorable no sólo por divertido y original, sino porque tenía algo más en el fondo (Ritos iguales, Pirómides, Brujerías). Algo valioso.


Quiero aclarar que estoy hablando, hasta ahora, sólo de los 10 primeros libros. Pratchett ya mostraba gran oficio, desde El color de la magia, para trabajar las metáforas, las situaciones muy enredadas de manera muy clara, las descripciones de lo indescriptible y las sensaciones humanas. Pero algo me faltaba. Yo había leído primero el fantástico libro 12 (Brujas de viaje) y luego el 26 (Ladrón del tiempo) y ambos me parecían entrañables, maravillosos. Pensaba tras leer los 10 primeros que tal vez me había cansado la textura del Mundodisco y por eso no estaba apreciándolos, al decidir leer en orden la saga. 


O tal vez Pratchett estaba madurando como escritor.


El caso es que acabo de terminar el libro 11: El segador. Es una historia que avanza por rutas inimaginables que incluyen a los conocidos magos fatuos de la Universidad invisible, La Muerte, un pueblo de granjeros bailadores, mujeres-lobo, lobos-hombre, algo que debía ser un íncubo o un súcubo y en realidad era hombre-un-cubo, una medium tirando a talla pequeña, un zombie, un sargento de la guardia nocturna... todo en el gran escenario que se despliega a lomos de Gran A'Tuin, la tortuga de escala cósmica, todo cerrándose en un círculo al final de la historia que me dejó sin habla, conmovido, sintiendo que toqué de nuevas maneras ideas viejas, que me volví, con suerte, un poquito mejor.


Me gusta pensar que algo le pasó a Terry Pratchett en 1991. Algo maravilloso que hizo que dejara de ser sólo un escritor original, divertido, irreverente y con gran oficio, y se convirtiera en un escritor sabio y bondadoso. Sin perder sus cualidades previas, como las verduras hervidas el tiempo correcto.


Ya me estoy saboreando la relectura de Brujas de viaje, a 12 años de haberla leído por primera vez. ¿No es maravilloso el mundo?

sábado, 21 de mayo de 2011

El fin del mundo

Esta mañana, recordábamos que se había dicho tontamente que hoy sería el fin del mundo. Al mencionarlo, Tania, de 9 años, salto diciendo: pero eso va a ser después del boliche ¿verdad? (estaba emocionada porque iríamos al boliche esta tarde).

miércoles, 4 de mayo de 2011

La princesa, los bombones y el concurso de aviones

Pasé mucho tiempo sin escribir en este blog. Cosas que pasan, ya sabes. Pero decidí volver, y buscaba un tema que fuera especial para reiniciar. Por eso, te voy a contar sobre mi abuelo Enrique, y un cuento que "heredé" de él.


Mi abuelo Enrique era gran lector, y una persona apacible. Desde que yo era bastante pequeño, recuerdo que muchos familiares decían que me parecía a él, creo que en esos rasgos. Desafortunadamente, no tuve mucha oportunidad de profundizar con él en nuestra afición común: cuando él murió, yo era un niño que empezaba a leer. Tal vez buscando conocerlo más, o sólo por afición a los libros, me aficioné a mirar, y en algunos casos leer, los libros de su biblioteca. Sin darme cuenta, estaba conociendo una parte privilegiada de mi abuelo: sus gustos en lectura. Si pasas una vida leyendo, al final tu biblioteca, los libros que decidiste conservar, dicen mucho de ti. Por mi abuelo conocí a Giovanni Papini, a José Agustín, a Antoniorrobles.


Muchos años después, cuando la biblioteca de mi abuelo ya no existía, mi mamá tomó un taller de cuenta cuentos, y me pidió que le sugiriera algún cuento para relatar en su siguiente sesión. Recordé un cuento de Antoniorrobles justamente, aparecido en el número dos de la revista El cuento (primera época, julio de 1939, si mal no recuerdo), llamado La princesa, los bombones y el concurso de aviones. Le mostré a mi mamá el ejemplar de la revista, diciéndole que había pertenecido a mi abuelo, y ella preparó el cuento para su sesión de taller. Mi mamá me contó después que al contarlo se llenó de emoción, porque se dio cuenta de que era un cuento que leyó y conservó su padre por muchos años, y que tras otros tantos su hijo le sugirió que lo contara. Ese cuento es una especie de vínculo, con ese abuelo que no pude conocer bien, y por supuesto, también con mi madre. A mí me emociona cada vez que lo releo.


Pensaba transcribirlo aquí, porque creía que no había versiones digitalizadas de él. Sonnyluna (a quien le agradezco mucho) me mostró que el Proyecto Cervantes cuenta con una versión que puede leerse y descargarse aquí. Espero que lo leas y lo disfrutes. Me parece que la idea central sigue siendo vigente y apremiante.


Y este soy yo, diciendo que he regresado a escribir en este blog.

domingo, 17 de octubre de 2010

Una carta.

Querido Nube azul:
Querida Ríe y transforma:
Querida Baila con el corazón:
Este día los dejo por un tiempo, los dejo con pesar en mi corazón, porque ustedes le dan sentido a lo que hago, y llenan mis días de ternura. Tengo que ir a hablar con gente de otra tribu, una tribu lejana, más allá de las montañas altas. Es gente que quiere saber qué hacemos aquí, qué creemos aquí, qué entendemos y qué nos falta entender. Yo también quiero saber qué entienden, que saben, qué creen.
Me voy por muchas horas, muchos días, tal vez demasiados. A veces me pregunto por qué voy allá, lejos. ¿No podemos estar juntos siempre, olvidar lo que hay detrás de las montañas, solo reír, y comer, y contar historias, juntos?
No podemos. No debemos. Creo sinceramente que es lo mejor para todos que pongamos nuestro rostro y corazón en una bandeja, y la presentemos a los amigos lejanos. Ellos también pondrán su rostro y corazón, y nos los mostrarán. Y entonces los entenderemos, y seremos más sabios.
Me llena de tristeza alejarme de ustedes, tan pequeños y felices, tan atentos a lo que digo y hago para ustedes.
Tan amados.
Pero uno se reúne con los amigos de otras tribus con la esperanza de, juntos, ser mejores, dar mejores cosas a ustedes, que hoy reciben y mañana darán.
Tal vez más adelante ustedes visiten otras tribus, busquen ser mejores y traer conocimiento precioso, y yo sea el que espere, cuidando nuestra fogata.
Pronto volveré, si el gran espíritu así lo quiere, y entonces trataré de repartir lo que nos dan nuestros hermanos lejanos. Ya quiero estar de vuelta y mirar los ojitos de Baila con el corazón, escuchar las canciones de Ríe y transforma, conocer las aventuras de mi noble Nube azul.
Dice Ríe y transforma que, si puedo, le traiga algo. Pero que prefiere que vuelva, aunque no le traiga nada. Luego razona que, si no vuelvo, no podría traer nada, de todos modos, y se ríe.
Yo voy a hacer todo lo mejor que puedo y sé, y luego voy a volver. Y el camino de vuelta a casa será el más luminoso, como siempre.
Mi mejor parte se queda con ustedes, siempre suyo,
Perro sin raza.